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  • Editorial Semana

“A las mujeres, madres y jefas de familia


Por: Lilliam Maldonado Cordero


Entre los recuerdos que tengo de mi madre, durante mi niñez y adolescencia, está la imagen de una mujer humilde y trabajadora que madrugaba a diario, tan temprano como las cuatro de la mañana, para tomar tres guaguas públicas desde San Juan hasta la farmacéutica Searle de Caguas, a laborar como operaria todo el día.


Antes de irse al trabajo se aseguraba de dejarnos, a mi hermano y a mí, los uniformes preparados, el desayuno listo y las “loncheras” que llevaríamos al colegio para asegurarse que comiéramos algo durante el día si el almuerzo no nos apetecía. Siempre salía al trabajo preocupada por que estuviéramos a tiempo y no perdiéramos la guagua escolar. Entonces no teníamos celulares, por lo que la comunicación era ejercitando la fe y un poco de telepatía.


Como veía el afán con el que mi mamá llegaba del trabajo, aprendí a cocinar muy temprano en la vida para aliviarle la carga, destreza que adquirí observando a mi amada abuela materna, Adela, que me enseñó que se cocina para compartir, no solo para comer.


Mi madre, como tantas otras mujeres de su época y muchas que hoy, también, son jefas de familia, trabajaba a diario para asegurar que no nos faltaran techo, alimento, ropa y educación, cosas más importantes para ella que los lujos y los regalos caros. Una vez al mes, durante el fin de semana, nos llevaba al cine en Santurce. Después, mi hermano, ella y yo comíamos en “Los Chinos” de la Parada 18. Eran épocas donde no había Uber, Uber Eats ni DoorDash. Las opciones de transporte eran taxis, guaguas de la AMA, pisicorres, el “carrito de Fernando: un ratito a pie y otro andando” y, en ocasiones, tener la suerte de agarrar un pon de algún amigo o vecino con el que coincidiéramos. Para entonces, no había reparos en ir dos familias ensalchichadas en un mismo carro. Nadie se quejaba. Por el contrario, disfrutábamos del recorrido que nos ahorraba una larga espera por la guagua, mientras los más afortunados podíamos sacar la cara por las ventanas para que nos acariciaran la brisa y el sol vespertino.


Mientras trabajó en Searle, mi mamá almorzaba con regularidad en casa de doña Carmen Claudio, que tenía un negocio de fiambreras y una cafetería improvisada en la galería de su casa. Años más tarde me enteraría que doña Carmen era la laboriosa abuela de mi esposo. A fuerza de mover el arroz, y ablandar y guisar las mejores habichuelas -según muchos-, doña Carmen compró propiedades y negocios para ayudar a su familia. Ella, aunque casada, era también jefa de familia, pues era la proveedora principal de ocho hijos y una gran cantidad de nietos.


Entre las hijas de doña Carmen Claudio estaba mi suegra, Ana Hilda Rivera, quien se desempeñaba como vendedora en las tiendas Franklins y, más adelante, Sears, de donde se retiró luego de décadas de trabajo. Mi suegra, también, era una mujer extraordinaria, desprendida, y muy querida y recordada por muchos, de la que aprendí a perfeccionar el arte de la cocina.


Lo que soy es, en gran medida, gracias a estas mujeres. Este día de las Madres, reflexionemos sobre el rol prominente de cada mujer, sea o no madre biológica, pues ha sido por su desprendimiento, desde la inequidad salarial, el anonimato y grandes sacrificios, que las familias y el País han adelantado. Sigamos luchando por ellas y digámosles, ¡Gracias!


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