Cuando Puerto Rico decide dar lo mejor de sí
- Editorial Semana

- hace 7 días
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Por: Myrna L. Carrión Parrilla
Cada año, las Fiestas de la Calle San Sebastián se convierten en una especie de espejo nacional. En ellas nos vemos tal como somos, con nuestras virtudes, contradicciones, excesos y grandezas. Por eso, más allá de la música, el colorido y la multitud, lo ocurrido recientemente en un evento tan masivo merece algo más que una mención pasajera: merece reconocimiento.
Durante días, miles y miles de personas se dieron cita en el Viejo San Juan. Familias, jóvenes, adultos mayores, turistas y locales compartieron un espacio históricamente complejo, estrecho y cargado de simbolismo. Y, sin embargo, lo que predominó no fue el caos, sino el orden; no fue la confrontación, sino la convivencia; no fue la irresponsabilidad, sino una conducta colectiva que sorprendió incluso a los más escépticos.
Es importante decirlo sin rodeos: cuando el pueblo puertorriqueño se lo propone, demuestra un nivel de civismo y respeto digno de admiración. La gran mayoría de las personas actuó con prudencia, cuidó los espacios, respetó las normas, colaboró con las autoridades y, sobre todo, se cuidó mutuamente. Eso no ocurre por casualidad. Ocurre porque existe una conciencia colectiva que, aunque a veces parezca dormida, sigue viva.
Vivimos tiempos en los que suele resaltarse lo negativo. Basta un incidente aislado para generalizar, para construir narrativas de desorden o falta de valores. Sin embargo, esta vez la historia fue otra. La inmensa mayoría hizo lo correcto sin necesidad de aplausos ni protagonismos. Esa es, quizás, una de las virtudes más subestimadas de nuestro pueblo: la capacidad de actuar bien incluso cuando nadie está mirando.
También merece reconocimiento el sentido de pertenencia. Muchos entendieron que las Fiestas no son solo una celebración, sino un patrimonio cultural. Cuidar las calles, respetar las residencias, manejar con responsabilidad y disfrutar sin excesos fue, para muchos, una forma de honrar nuestra historia y nuestra identidad. No fue perfecto, porque ningún evento humano lo es, pero fue significativamente mejor de lo que muchos anticipaban.
Este comportamiento colectivo desmonta un mito peligroso: el de que “aquí las cosas no se pueden hacer bien”. Sí se puede. Se puede celebrar sin destruir, compartir sin atropellar y disfrutar sin perder el control. Se puede ser alegre y responsable a la vez. San Sebastián fue una prueba viva de eso.
Reconocer lo bueno no significa ignorar lo que falta por mejorar. Significa, más bien, señalar un camino. Si como pueblo fuimos capaces de organizarnos, respetarnos y convivir en uno de los eventos más multitudinarios del país, también somos capaces de hacerlo en otros espacios: en el tránsito diario, en las filas, en el debate público, en la diferencia de opiniones.
Necesitamos más momentos como este, pero sobre todo necesitamos aprender de ellos. No para idealizarnos, sino para recordarnos quiénes somos cuando actuamos desde lo mejor de nosotros. Puerto Rico no es solo noticia cuando falla; también lo es cuando acierta, cuando se comporta con madurez y cuando demuestra que el civismo no es una excepción, sino una posibilidad real.
Que esta semana sirva para reconocer a ese Puerto Rico responsable, solidario y consciente. Ese Puerto Rico que, cuando se lo propone, sabe estar a la altura de su gente, de su cultura y de su futuro.
Porque al final, las fiestas pasan, pero la conducta colectiva que demostramos dice mucho de quiénes somos… y de quiénes podemos llegar a ser.






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