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Cuando vivir se convierte en sobrevivir

Foto del escritor: Editorial Semana
Editorial Semana
hace 13 horas
2 min de lectura
Por: Myrna L. Carrión Parrilla
Por: Myrna L. Carrión Parrilla

Hay un cansancio que no siempre se ve. Se sienta a la mesa con nosotros, acompaña el viaje al trabajo y aparece cuando intentamos dormir. Es la preocupación de quienes hacen cuentas una y otra vez, buscando cómo pagar alimentos, servicios, medicamentos y vivienda sin dejar desatendida alguna necesidad de su familia.


Cada aumento parece llegar por separado, pero todos terminan encontrándose en el mismo bolsillo. La compra, la electricidad, el agua, los seguros y tantos otros compromisos van estrechando el margen para vivir con tranquilidad. Entonces, una reparación inesperada o una enfermedad pueden convertirse en una angustia que trastoca toda la organización del hogar.


Me preocupa que estemos acostumbrándonos a esta presión. Hablamos de precios y presupuestos, pero pocas veces nos detenemos a pensar en lo que ocurre dentro de las personas. ¿Cuánta paz pierde una madre cuando su ingreso no alcanza? ¿Qué siente un padre que trabaja y aun así teme no poder sostener su hogar? ¿Qué aprende un niño cuando escucha constantemente que no hay dinero?


La preocupación económica también entra en la convivencia familiar. Puede restarnos paciencia, ocupar conversaciones y robarnos tiempo para compartir. Hay silencios cargados de vergüenza, discusiones nacidas del agotamiento y personas que esconden sus preocupaciones para no inquietar a quienes aman. Detrás de una cuenta pendiente puede haber una familia tratando de mantenerse unida.


A esto se suma el reto de conseguir atención médica. Buscar una cita, esperar por un especialista o preguntarse cómo costear un tratamiento añade incertidumbre precisamente cuando más necesitamos sentirnos protegidos. Del mismo modo, cuando una ayuda se reduce o desaparece, debemos preguntarnos qué alternativa tendrá quien dependía de ella para cubrir sus necesidades esenciales.


La vivienda merece igual atención. Un hogar seguro debería ser una posibilidad real para quienes trabajan y desean construir su futuro aquí. También debemos mirar a las pequeñas empresas: detrás de cada negocio hay esfuerzo, empleos y familias. Pedirles que resistan indefinidamente, sin atender sus obstáculos, termina debilitando nuestras comunidades.


Ante este panorama, resulta inevitable preguntar: ¿hacia dónde vamos? Cuando las prioridades públicas parecen distantes de estas preocupaciones, crece la sensación de abandono. Quienes toman las grandes decisiones tienen el deber de escuchar, explicar y actuar. Necesitamos respuestas que puedan sentirse en la vida cotidiana, con metas claras y resultados que la ciudadanía pueda evaluar.


Reconozco que los problemas son complejos y que ninguna solución surge de inmediato. Sin embargo, la complejidad exige mayor compromiso. Gobernar requiere sensibilidad para comprender el sufrimiento y valentía para revisar decisiones cuando sus consecuencias golpean a la población.


Desde la fe, recuerdo que cada persona posee una dignidad que debemos proteger. Nos corresponde acompañarnos, escuchar sin juzgar y ayudar donde podamos. También exigir, con respeto y firmeza, que el bienestar humano ocupe el centro de las decisiones.


Puerto Rico necesita recuperar la esperanza de que trabajar permitirá vivir con dignidad. Esa esperanza requiere acciones responsables, solidaridad y líderes presentes. No podemos normalizar que sobrevivir consuma todas nuestras fuerzas. Merecemos un país donde nuestras familias puedan respirar, cuidarse y mirar el mañana sin tanto miedo. La vida diaria debe ser una prioridad compartida, atendida con urgencia, humanidad y verdadero sentido de servicio y responsabilidad.

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