Manipulación mediática


Vivimos en una época en la que una noticia puede recorrer miles de celulares antes de que alguien haya tenido tiempo de verificarla. Un titular puede provocar indignación, coraje e incluso una reacción violenta. Un fragmento de video puede convertirse en la verdad absoluta sin que nadie conozca lo que realmente ocurrió antes o después.
La manipulación mediática no siempre consiste en inventar una noticia u ocultar información de interés público. A veces basta con seleccionar qué se muestra, qué se omite, qué palabras se utilizan y cuánto espacio o tiempo se concede a cada situación divulgada por los medios. El problema se agrava cuando se confunde la información con el entretenimiento o, peor aún, cuando ambos se mezclan deliberadamente. La competencia por captar la atención ha convertido el escándalo, la confrontación y la indignación en productos a la venta. Su éxito se mide por la cantidad de “me gusta”, visualizaciones y veces que se comparten en las plataformas digitales. Lo que ha cambiado con el paso del tiempo es que, cuanto más emocional resulta un contenido, mayores posibilidades tiene de difundirse ampliamente en los medios de comunicación y las redes sociales.
Estas últimas han añadido otra dimensión a la manipulación: los algoritmos pueden mostrarnos repetidamente información similar a la que ya despierta nuestro interés. Así terminamos consumiendo y creyendo determinadas versiones de los hechos, aunque no tengamos certeza de que correspondan con la realidad. Por eso, debemos ser responsables al formular opiniones, tomar decisiones o llegar a conclusiones a partir de lo que consumimos en los medios.
El periodismo tiene la responsabilidad fundamental de verificar, contextualizar y contrastar la información, así como de distinguir los hechos de las opiniones. Por su parte, los consumidores deben leer más allá del titular, verificar las fuentes y preguntarse quién informa, qué evidencias presenta y qué información relevante podría haberse omitido. Otro reto de nuestra época es que las noticias ya no se divulgan únicamente a través del periodismo formal. Hoy existen “influencers” y creadores de contenido que producen material informativo sin una verdadera intención periodística y, muchas veces, sin aplicar criterios rigurosos de verificación. La manipulación mediática se vuelve especialmente peligrosa cuando entra en el terreno político. Puede transformar una percepción en una realidad electoral, destruir reputaciones y lacerar credibilidades mucho antes de que se conozca toda la verdad. También puede desviar la conversación pública de los problemas que realmente afectan a la ciudadanía, con el propósito de enaltecer la imagen de un político y distraer al ciudadano de aquello que incide directamente en su vida.
Una democracia saludable no necesita que se manipulen las noticias. Necesita información presentada sin sesgos deliberados ni agendas destinadas a alcanzar popularidad. Cuando permitimos que otros decidan qué debemos sentir y pensar antes de que conozcamos los hechos, dejamos de ser consumidores críticos de la información y nos convertimos en instrumentos de la manipulación.
La autora es senadora por San Juan,
Aguas Buenas y Guaynabo



