De la anexión a la decepción.
- Editorial Semana

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Por: Prof. Luis Dómenech Sepúlveda
“Los que rechazan sus raíces terminan despreciándose a sí mismos” (Pedro Albizu Campos)
Desde su fundación en 1946, el liderato del Partido Independentista Puertorriqueño, inspirado por el pensamiento insobornable y visionario de los patriotas Gilberto Concepción de Gracia y Rubén Berríos Martínez, ha venido pronosticando el colapso irremediable del iluso proyecto de estadidad federada impulsado por el movimiento anexionista puertorriqueño. Como se sabe, a raíz de la conquista de Puerto Rico en 1898, el Dr. José Celso Barbosa, deslumbrado por los supuestos valores y principios “democráticos” de la nueva potencia mundial, se convirtió en el máximo promotor de la estadidad motivado por los beneficios colaterales que ello representaba para los puertorriqueños.
Desde luego, el Dr. Barbosa nunca visualizó las verdaderas intenciones del imperialismo yanqui de perpetuar el colonialismo en Puerto Rico mediante un ambicioso plan de militarización y explotación económica para beneficio de los empresarios e inversionistas estadounidenses. El mejor ejemplo de ello fue protagonizado por Charles H. Allen, primer gobernador estadounidense asignado desde Washington que, con apenas dos meses en el puesto, renunció en 1901 para invertir sus recursos en la lucrativa industria azucarera. Posteriormente, la metrópolis nos impuso la ciudadanía estadounidense (2 de marzo de 1917) por meras ventajearías geopolíticas, hegemónicas y coloniales ante el valor estratégico que ello representaba para sus intereses imperiales. Desde entonces, “Puerto Rico pertenece a, pero no forma parte de Estados Unidos”.
De modo que, la imposición de la ciudadanía estadounidense nunca significó la ruta hacia la estadidad federada como piensan los apologistas del anexionismo. Los federales sabían de antemano que se trata de dos países diametralmente distintos y diferentes en materia de historia, cultura, idioma, identidad e idiosincrasia étnica difícil de digerir. Y la historia les ha dado toda la razón. De ahí la sabia expresión de Bad Bonny “Lo que le pasó a Hawái”, cuya población autóctona solo representa el 9% de su territorio.
Y por supuesto, nunca en nuestra historia los aduladores de la estadidad federada (autodenominados como estadounidenses que residen en Puerto Rico), habían sufrido tantas desilusiones emocionales tan devastadoras como las que han estado experimentando durante el actual cuatrienio del flamante Donald Trump. No solamente la estadidad ha sido ampliamente rechazada por los republicanos y por los propios puertorriqueños residentes en Florida, sino que Trump le ha ofrecido la estadidad federada a Groenlandia, Canadá y Venezuela al tiempo que pisotea el reclamo del anexionismo corrupto y antipatriota de la comarca. Sospechamos que su próxima oferta de estadidad podría ser para los hermanos cubanos.
A todo ello, la respuesta salomónica de la gobernadora González no se hizo esperar: “lo más importante es lograr la estadidad no importa cuánto tiempo pueda demorarse”. De hecho, nuestra flamante gobernadora ha gastado más de dos millones del tesoro público en cabilderos pro-estadidad solamente durante sus primeros 15 meses de administración.
Queda confirmado que el tema de la estadidad es un mero anzuelo publicitario para mantener cautivos al electorado anexionista mediante lentejas, prebendas y venta de ilusiones. ¡Prohibido olvidar!




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