Tensión.
- Editorial Semana

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Por: Nitza Morán Trinidad
Hoy, Puerto Rico enfrenta retos demasiado grandes como para quedar atrapado en disputas políticas estériles. La creciente tensión entre el Ejecutivo y el Legislativo coloca la isla en una aparente pausa, donde las diferencias amenazan con desplazar lo verdaderamente importante: gobernar con resultados y sin corrupción. La historia demuestra que las democracias más saludables y estables se nutren del balance entre poderes. La fiscalización legislativa es una facultad constitucional esencial para el desempeño de su función, mientras que el Ejecutivo tiene la responsabilidad de liderar e implementar políticas públicas que se traduzcan en bienestar social y colectivo. Es cierto que las personas comunican la información de distintas maneras, incluso en medio de crisis. Pero cuando la confrontación se convierte en el método constante, y los hechos reflejan falta de claridad en la gobernanza, el diálogo conciliador termina siendo sustituido por la desconfianza. La consecuencia directa es grave: el país se convierte en testigo de una lucha por imponer verdades, aun cuando el costo político entre colegas pueda ser alto. Mientras tanto, los ciudadanos continúan enfrentando sus desafíos diarios: el alto costo de la energía, el acceso a la salud, la seguridad pública, la emigración y la incertidumbre económica. Estos problemas no admiten distracciones. Requieren coordinación, acuerdos y liderazgo, sin confrontaciones innecesarias ni protagonismos políticos. Lo más preocupante no es la diferencia de criterios, sino la falta de capacidad o de voluntad para unir esfuerzos en aquellos asuntos donde sí existen puntos convergentes, de modo que los ciudadanos perciban que se trabaja por ella con firmeza y transparencia. Porque la percepción importa. Y cuando esa percepción erosiona la confianza en las instituciones, el daño trasciende el momento y deja heridas profundas. Al final, el tiempo será juez de las heridas abiertas, de las heridas sanadas y de aquellos que, amparados en los datos que emerjan, pretendan proclamarse como los únicos dueños de la verdad. Sin embargo, más allá de los titulares y de la narrativa del momento, lo verdaderamente efectivo habría sido apostar por la negociación entre los protagonistas, con respeto institucional y con la madurez de reconocer que, en el fondo, todos deben aspirar al bienestar de nuestra gente. Ambos poderes se necesitan. El Ejecutivo necesita a la Legislatura y la Legislatura necesita al Ejecutivo. Esa es, precisamente, la esencia del sistema democrático. El gran reto está en encontrar el equilibrio entre supervisar y colaborar. De lo contrario, habrá quienes resulten heridos en medio del fuego cruzado, y el saldo final solo se medirá al concluir el mandato y, eventualmente, en las urnas. También resulta preocupante que, dentro de ambos lideratos, algunos intenten identificar quién estuvo de qué lado, marcando lealtades y trazando líneas de confrontación. Pero al final del camino, unos pagarán el precio por asumir posturas visibles y otros por permanecer en las sombras. Nadie saldrá beneficiado al cien por ciento, y mucho menos Puerto Rico. Lo verdaderamente importante es que la isla y su gente no se benefician de controversias tan particulares, mientras los problemas reales siguen ahí, intactos, afectando la vida de todos. El tiempo pasa, muchas cosas se olvidan, pero lo que no debe continuar es esta tensión permanente cuando los verdaderos retos siguen presentes. Puerto Rico necesita menos confrontación y más soluciones. Porque, al final, gobernar o legislar no debe ser una competencia entre poderes, sino un esfuerzo compartido para construir un mejor Puerto Rico.
La autora es senadora por San Juan,
Aguas Buenas y Guaynabo




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