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El “abominable misterio” de las flores




Por: Lilliam Maldonado Cordero


Durante los últimos años de su vida Charles Darwin, el célebre naturalista creador de la teoría de la evolución, vivió obsesionado con la manera en que evolucionaron las primeras plantas angiospermas -aquellas que dan flores y semillas en frutos-. De acuerdo con su teoría, las distintas especies que han poblado y pueblan la tierra evolucionaron gradualmente por medio de la selección natural, hasta formas de vida más complejas, incluyendo los mamíferos. Pero, esto no fue así con las plantas con flores y frutos. A esto él le llamó “el abominable misterio”, en una carta dirigida a su mejor amigo, el botánico Joseph Hooker.


No pretendo negar o cuestionar la racionabilidad de la teoría de la evolución propuesta por Darwin, pues aun usando como referente la intervención divina mediante la creación como el origen de todas las cosas, el Génesis establece un orden en el que Dios dio vida a sus criaturas dentro de un periodo de tiempo. A esto hay que añadir que la misma Biblia dice que para Dios, un día es como mil años, y mil años como un día, de manera que el tiempo de Dios es muy diferente al que conocemos. Dejando planteado que ambas posibilidades no tienen que ser mutuamente excluyentes, es inevitable resaltar la fascinación de Darwin sobre el advenimiento de las plantas con flores y frutos de forma tan repentina, en un evento que violaba su propia propuesta esencial sobre la selección natural: “la naturaleza no da saltos”. Pues parece que, en el caso de las flores, sí lo dio.


Tratando de justificar racionalmente el hecho de que los fósiles de las primeras plantas superiores datan de un periodo bastante reciente de hace unos 100 millones de años, y que emergieron de forma súbita dentro de escasamente 10 millones de años, Darwin elucubraba con la posibilidad de que las plantas con flores habían evolucionado en algún continente para entonces desconocido o poco estudiado, por lo que no se tenía registro previo de ellas.


Naturalmente, este salto que dieron las plantas para llegar a flores y frutos fue una idea utilizada por otros científicos y biólogos más conservadores de la época para atacar la teoría de la evolución de las especies, planteando que Dios había creado las angiospermas en el Cretácico, pero que no habían evolucionado. Para Darwin y otros científicos evolucionistas esta explicación era irracional, porque opinaban que la ciencia no podía dar explicaciones sobrenaturales a hechos naturales.


A pesar de que el nacimiento de la teoría de la evolución es de hace 140, y que la Ciencia ha progresado vertiginosamente, el origen de las plantas con flores y frutos continúa siendo un gran misterio, aunque para nada abominable. Las plantas con flores y las semillas que dan fruto no solo son bellas, sino que nutren una vasta parte de los seres superiores desde insectos, mamíferos y la especie humana.


Pensando sobre las 250,000 variedades de plantas con flores y de su abrupto debut en la historia de las especies, podemos reflexionar sobre las palabras del gran astrofísico, Albert Einstein, sobre la existencia de un ser superior: “Creo en un Dios que se revela en la armonía ordinaria de lo que existe, más que en un Dios preocupado por las opciones y acciones tomadas por los seres humanos”. También dijo: “Mientras más estudio la Ciencia, más creo en Dios”.

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