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  • Foto del escritorEditorial Semana

El fruto de la bondad y la gratitud




Por: Lilliam Maldonado Cordero


Cansado de los abusos de su amo, un esclavo huyó al bosque sabiendo que era casi imposible sobrevivir sin alimentos y a merced de las bestias salvajes. También, se arriesgaba a ser atrapado por los guardias del emperador, y la sentencia sería la muerte.


La fábula de Androcles y el león, atribuida a Esopo, nos hace reflexionar sobre la gratitud y cómo esta puede bendecir tanto a quien la ofrece como al que la recibe.


Hace miles de años que un esclavo llamado Androcles huyó de la casa de su amo. Asustado, se metió en una cueva para pasar la noche. Su descanso fue interrumpido por el rugido terrible de un animal salvaje. Cuando trató de escapar, vio un león enorme a la entrada de la caverna que impedía su salida. Androcles cayó al piso por miedo, pero el león, en lugar de atacarlo, se postró gimiendo. El hombre observó que el felino no podía afirmar su pata derecha: estaba ensangrentada y arriesgó acercarse cuidadosamente. El león se postró angustiado y Androcles pudo ver una enorme espina atravesando la pata del felino. El hombre se armó de valor para acercarse más al león. Luego de acariciarlo y ganar su confianza, tomó la pata con seguridad y haló la espina con firmeza hasta removerla. La reacción del león fue un grujido intimidante, pero al sentir que su dolor casi había desaparecido, se acercó a Androcles, lo acarició con su enorme cabeza en señal de agradecimiento y se marchó.


Después de esta experiencia, Androcles permaneció guareciéndose en la cueva alimentándose de frutas y animalitos salvajes hasta que, un día, los soldados del reino lo encontraron y tomaron como prisionero. Como estaba estatuido, Androcles sería condenado a muerte por haber huido de su amo.


Para entonces, la costumbre ordenaba que los asesinos, los criminales y los traidores del emperador fueran llevados al Coliseo para que los leones los despedazaran. El día en que Androcles fue entregado a su suerte el emperador de Roma estaba en el coliseo. Cuando el esclavo ya estaba en medio de la arena, el emperador dio la orden de dejar entrar al león para que lo devorara. El animal salió enfurecido para despedazar a su presa, pero al acercarse al hombre se detuvo y lo olfateó. Era Androcles. Entonces, lo reconoció, rozó con cariño su pecho y posó su enorme garra sobre su hombro.


¡Este era el león que Androcles había salvado de una muerte segura! ¡Con su pata herida, el león hubiera muerto de hambre, incapaz de cazar o defenderse de otros animales más aguerridos!


Cuando el emperador vio que Androcles se había librado de aquella muerte segura de forma tan extraordinaria e impensada lo emplazó a sus cuarteles, y el hombre le relató lo que le había merecido la lealtad y gratitud de aquel león. Al enterarse de un hecho tan sobresaliente, el emperador otorgó la libertad Androcles y liberó al león en el bosque a petición de este hombre que no tuvo miedo en arriesgar su vida para adquirir su libertad, como tampoco temió perderla para ayudar a aquella bestia del sufrimiento y devolverle su libertad.


Todo acto de desprendimiento desinteresado traerá agradecimiento, ya sea de quién lo recibió o de la justicia divina. Solo hay que ser pacientes y esperar el milagro.

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