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El verano tambiƩn educa

  • Foto del escritor: Editorial Semana
    Editorial Semana
  • hace 18 horas
  • 3 min de lectura
Por: Myrna L. Carrión Parrilla
Por: Myrna L. Carrión Parrilla

En medio de los preparativos para un nuevo año escolar, las listas de materiales, los uniformes, los calendarios y las expectativas comienzan a ocupar un lugar importante en nuestros hogares. Es natural. Cada comienzo representa una nueva oportunidad para aprender, crecer y alcanzar nuevas metas. Sin embargo, antes de cerrar definitivamente este capítulo llamado verano, vale la pena detenernos un momento para reconocer que la educación no comienza el primer día de clases ni termina cuando se cierran las puertas de la escuela en junio.


El verano también educa.  Muchas veces, ofrece algunas de las lecciones mÔs valiosas que una persona puede recibir a lo largo de su vida.


Educa cuando una familia decide compartir una comida sin las prisas del reloj. Cuando los abuelos cuentan historias que ningún libro de historia podría narrar con tanto sentimiento. Cuando un padre enseña a cambiar una goma, a sembrar una planta o simplemente a escuchar con atención. Educa cuando una madre invita a sus hijos a preparar una receta familiar y, entre ingredientes y sonrisas, transmite tradiciones que fortalecen la identidad y el sentido de pertenencia.


TambiƩn educa cuando descubrimos la belleza de nuestro Puerto Rico.


Cada playa, cada río, cada bosque, cada pueblo y cada rincón de nuestra Isla guarda una historia, una tradición y una riqueza cultural que merece ser conocida por las nuevas generaciones. No podemos aspirar a que nuestros niños amen su país si primero no les damos la oportunidad de descubrirlo, recorrerlo y admirarlo. Quien conoce sus raíces desarrolla un mayor sentido de pertenencia, aprende a valorar lo que tiene y comprende la responsabilidad de protegerlo para quienes vendrÔn después.


El verano también nos recuerda que las mejores experiencias no siempre requieren grandes presupuestos. Una caminata por un parque, una visita a un museo, una tarde jugando bajo la lluvia, un acto de servicio comunitario, una conversación antes de dormir o una visita a un adulto mayor pueden convertirse en recuerdos imborrables que acompañarÔn a nuestros hijos durante toda la vida.


En una época en la que la tecnología ocupa gran parte de nuestro tiempo, regalar presencia se convierte en uno de los mayores actos de amor. Los niños necesitan mucho mÔs que dispositivos electrónicos; necesitan miradas que los escuchen, abrazos que les den seguridad, conversaciones que despierten su curiosidad y adultos que les enseñen, con el ejemplo, el valor del respeto, la solidaridad, la gratitud y la fe.

Muy pronto volverÔn las campanas escolares, los salones de clase y las tareas. La educación académica retomarÔ su ritmo habitual, pero llegarÔ fortalecida si durante estas semanas nuestros hijos también aprendieron a compartir, a agradecer, a servir, a cuidar la naturaleza, a valorar a sus abuelos, a descubrir la riqueza de su patria y a disfrutar el privilegio de estar en familia.


Porque los mejores maestros no siempre llevan una pizarra frente a ellos. A veces enseñan desde una cocina, desde un automóvil durante un viaje, desde una caminata al atardecer o desde la mesa del comedor. Enseñan con su ejemplo, con su tiempo y con su amor.  Porque el inicio de la educación comienza en el hogar.


Que estos últimos días del verano nos encuentren construyendo recuerdos, sembrando valores y regalando experiencias que ningún examen podrÔ medir, pero que la vida reconocerÔ en su momento. Al fin y al cabo, las mochilas volverÔn a llenarse de libros, pero serÔ el corazón de nuestros niños el que llegue verdaderamente preparado para aprender cuando esté lleno de amor, de vivencias compartidas y del orgullo de pertenecer a una familia y a un Puerto Rico que, con esperanza y unidad, sigue educando desde cada uno de sus rincones.

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