El verano tambiƩn educa
- Editorial Semana
- hace 18 horas
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En medio de los preparativos para un nuevo aƱo escolar, las listas de materiales, los uniformes, los calendarios y las expectativas comienzan a ocupar un lugar importante en nuestros hogares. Es natural. Cada comienzo representa una nueva oportunidad para aprender, crecer y alcanzar nuevas metas. Sin embargo, antes de cerrar definitivamente este capĆtulo llamado verano, vale la pena detenernos un momento para reconocer que la educación no comienza el primer dĆa de clases ni termina cuando se cierran las puertas de la escuela en junio.
El verano también educa. Muchas veces, ofrece algunas de las lecciones mÔs valiosas que una persona puede recibir a lo largo de su vida.
Educa cuando una familia decide compartir una comida sin las prisas del reloj. Cuando los abuelos cuentan historias que ningĆŗn libro de historia podrĆa narrar con tanto sentimiento. Cuando un padre enseƱa a cambiar una goma, a sembrar una planta o simplemente a escuchar con atención. Educa cuando una madre invita a sus hijos a preparar una receta familiar y, entre ingredientes y sonrisas, transmite tradiciones que fortalecen la identidad y el sentido de pertenencia.
TambiƩn educa cuando descubrimos la belleza de nuestro Puerto Rico.
Cada playa, cada rĆo, cada bosque, cada pueblo y cada rincón de nuestra Isla guarda una historia, una tradición y una riqueza cultural que merece ser conocida por las nuevas generaciones. No podemos aspirar a que nuestros niƱos amen su paĆs si primero no les damos la oportunidad de descubrirlo, recorrerlo y admirarlo. Quien conoce sus raĆces desarrolla un mayor sentido de pertenencia, aprende a valorar lo que tiene y comprende la responsabilidad de protegerlo para quienes vendrĆ”n despuĆ©s.
El verano también nos recuerda que las mejores experiencias no siempre requieren grandes presupuestos. Una caminata por un parque, una visita a un museo, una tarde jugando bajo la lluvia, un acto de servicio comunitario, una conversación antes de dormir o una visita a un adulto mayor pueden convertirse en recuerdos imborrables que acompañarÔn a nuestros hijos durante toda la vida.
En una Ć©poca en la que la tecnologĆa ocupa gran parte de nuestro tiempo, regalar presencia se convierte en uno de los mayores actos de amor. Los niƱos necesitan mucho mĆ”s que dispositivos electrónicos; necesitan miradas que los escuchen, abrazos que les den seguridad, conversaciones que despierten su curiosidad y adultos que les enseƱen, con el ejemplo, el valor del respeto, la solidaridad, la gratitud y la fe.
Muy pronto volverÔn las campanas escolares, los salones de clase y las tareas. La educación académica retomarÔ su ritmo habitual, pero llegarÔ fortalecida si durante estas semanas nuestros hijos también aprendieron a compartir, a agradecer, a servir, a cuidar la naturaleza, a valorar a sus abuelos, a descubrir la riqueza de su patria y a disfrutar el privilegio de estar en familia.
Porque los mejores maestros no siempre llevan una pizarra frente a ellos. A veces enseñan desde una cocina, desde un automóvil durante un viaje, desde una caminata al atardecer o desde la mesa del comedor. Enseñan con su ejemplo, con su tiempo y con su amor. Porque el inicio de la educación comienza en el hogar.
Que estos Ćŗltimos dĆas del verano nos encuentren construyendo recuerdos, sembrando valores y regalando experiencias que ningĆŗn examen podrĆ” medir, pero que la vida reconocerĆ” en su momento. Al fin y al cabo, las mochilas volverĆ”n a llenarse de libros, pero serĆ” el corazón de nuestros niƱos el que llegue verdaderamente preparado para aprender cuando estĆ© lleno de amor, de vivencias compartidas y del orgullo de pertenecer a una familia y a un Puerto Rico que, con esperanza y unidad, sigue educando desde cada uno de sus rincones.
