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Feliz anno Domini 2026

  • Foto del escritor: Editorial Semana
    Editorial Semana
  • 1 ene
  • 3 Min. de lectura

Por: Lilliam Maldonado Cordero


Con la celebración del Año Nuevo en occidente, ya hemos dejado atrás un cuarto del Siglo XXI marcado por avances y atrasos. Mientras, otras culturas mucho más antiguas que la nuestra celebran el año 4723.


Para quienes nos creemos el ombligo del universo, recordemos que existen sociedades que han registrado su trayectoria mucho antes que la nuestra. El año chino, por ejemplo, está determinado por el calendario lunisolar utilizado por la cultura Han, que combina los ciclos lunares mensuales con el año solar. Entre estos también se encuentran los coreanos, japoneses, vietnamitas, filipinos, singapurenses y mauricianos. Estas culturas han determinado históricamente, y por casi 50 siglos, iniciar cada año el día en que la luna nueva está más próxima al día equidistante entre el solsticio de invierno del 21 de diciembre y el equinoccio de primavera de 21 de marzo, es decir, el primer día de la luna nueva entre el 3 y 5 de febrero de nuestro Calendario Gregoriano. Por lo tanto, mientras nosotros ya estaremos planificando dónde celebrar San Valentín, un gran número de países estarán empezando su nuevo año 4724, y también lo harán botando las puertas por las ventanas.


Nuestro calendario, el Gregoriano, tiene su origen en 1582, cuando el papa Gregorio XIII propuso corregir errores del antiguo Calendario Juliano. El Calendario Gregoriano se utiliza hoy día como estándar civil y comercial mundial, marcado por la estimación del nacimiento de Jesús, y basándose en el movimiento de la Tierra alrededor de nuestro sol, de 12 meses y 365.25 días. La búsqueda de mayor precisión del Calendario Gregoriano estableció la corrección de ese cuarto de día, acumulándolo y añadiéndolo a febrero cada cuatro años. De esta manera, entre otros ajustes internacionales, aquellos nacidos ese 29 de febrero de cada año bisiesto tienen que decidir si celebrarán su cumpleaños el 28 de ese mes o el 1 de marzo.


Volviendo a nuestro calendario, este responde a la reforma gregoriana que fue parte del Concilio de Trento buscando corregir el desfase originado en el Concilio de Nicea de 325, que con el paso de los siglos, ya para 1582, tenía un descuadre de 10 días. El propósito original era ajustar las actividades civiles alrededor del calendario litúrgico por parte de la Iglesia católica. Aunque la Iglesia ha sido históricamente desconfiada de la ciencia, cabe destacar que entre los miembros del Concilio de Trento se encontraban destacados astrónomos, entre ellos Cristóbal Clavio, un sacerdote alemán jesuita que era un reputado matemático y astrónomo a quien Galileo Galilei peticionó que fuera su científico de observaciones telescópicas.


Los romanos, a su vez, contaron los años a partir de la fundación de Roma (Ab urbe condita, a.u.c.), y de ahí nacieron varias eras provinciales, como la de Diocleciano y la Era Cesarea de Antioquía. La era cristiana ve la luz en 607, pero al no conocerse con exactitud el nacimiento de Cristo, un monje rumano y matemático, Dionisio el Exiguo, utilizando la Biblia y otras fuentes históricas, fechó el nacimiento de Jesús el 25 de diciembre de 753 a.u.c. Entonces, el 754 pasó a ser el año 1 del Señor, o Anno Domini.


Sin menoscabo a la reconocida antigüedad, belleza, riqueza y aporte de conocimientos de las culturas asiáticas, celebremos nuestro Año Nuevo como un signo de que un evento milagroso y sobresaliente aconteció hace, aproximadamente 2026 años, marcando la manera de contar los días, meses y años. ¡Felicidades!

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