La soberbia.
- Editorial Semana

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La soberbia es considerada el pecado capital más serio del catálogo de las siete faltas que la tradición eclesiástica define como aquellas pasiones que generan otros vicios perniciosos para el ser humano. Sus otras hermanas son: la avaricia, la lujuria, la ira, la gula, la envidia y la pereza. Pero, la soberbia es más complicada, pues de ella emanan estos otros pecados. La soberbia es el apetito desordenado de creerse mejor o tener más derechos que los demás, menospreciando su dignidad. Se manifiesta por el engreimiento, la fatuidad, la inmodestia, la altanería, la presunción… en fin, todo lo opuesto a la humildad, la modestia y el amor al prójimo.
La soberbia no actúa en el vacío. Muchas veces se manifiesta a través de la violencia, su hermana siamesa. Varios escritos religiosos y filosóficos ven la soberbia y la violencia como una unidad. Por ejemplo, el músico Asaf, escritor del Salmo 73, reflexiona sobre los arrogantes que, “la soberbia los corona y se cubren del vestido de la violencia”. A su vez, al compartir las cinco virtudes, Confucio expresó que, “El hombre superior es benefactor (…), posee grandeza, pero no soberbia”. Es decir, que una persona puede inspirar respeto, sentir orgullo por sus logros y tener ambiciones, siempre que no se deje llevar por la codicia y la soberbia. Es importante no confundir la soberbia con el orgullo, siempre que este último surja de logros, causas nobles y las virtudes, en contraste con la soberbia, que es la adoración a la propia vanidad.
Conocemos personas que fingen ser amables y humildes, pero al examinar sus motivaciones y el comportamiento que despliegan hacia los demás, descubrimos la manipulación y el narcisismo que solo busca salirse con la suya por encima del derecho de los demás. Otra manifestación de la soberbia es que, teniendo el poder y la facultad de hacerlo, no evitar las injusticias al promover el orden y el respeto al derecho de los demás, abdicando a ese deber por miedo o mediocridad en el desempeño. Este es un ejemplo de pereza, pecado capital que emana de la soberbia.
En los pasados días hemos sido testigos de la escalada en las hostilidades a nivel internacional, en la que, otra vez, y sin medir el daño a civiles, ha sido atacado otro país: Irán. Muchos estamos claros en que el régimen político de Irán es una teocracia totalitaria que abusa de los derechos humanos de sus ciudadanos. No obstante, esto no justifica que dos países lo bombardeen, particularmente porque sus motivaciones no están basadas en consideraciones humanitarias. El mejor ejemplo es el perfil de los países agresores, que por un lado se encuentran en medio de la implantación de políticas públicas que atentan contra su propia constitución en materia de derechos civiles, mientras miran a un lado actos de genocidio de cientos de miles de seres humanos, desplazándolos para apropiarse de su territorio y sus recursos. Estas actuaciones están siendo vistas por el resto del mundo con preocupación. No solo nos están empujando una crisis económica similar o peor a la Gran Depresión de hace un siglo. También, están llevándonos a una guerra en que las armas y la tecnología podrían traer consecuencias letales irreversibles para el planeta y potencialmente la muerte de millones de inocentes.
Sin duda, el eje detrás de encontrarnos en la víspera de una tercera guerra mundial no es otra cosa que la soberbia.




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