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Gobernadora enlas nubes

  • Foto del escritor: Editorial Semana
    Editorial Semana
  • 4 jun
  • 2 min de lectura
Por: José “Conny” Varela
Por: José “Conny” Varela

El Departamento de Desarrollo Económico se desploma y ella ni cuenta se dio


La renuncia del secretario del Departamento de Desarrollo Económico y Comercio (DDEC), acompañada por la salida simultánea de diez ejecutivos de la agencia, no es un simple remezón administrativo: es la evidencia más reciente de un gobierno que opera a ciegas, sin brújula y sin mando claro. La escena lo dijo todo. En plena conferencia de prensa, la gobernadora Jenniffer González se enteró por los periodistas —no por su gabinete, no por su secretario de la Gobernación, no por su equipo de confianza— de que el titular del DDEC había renunciado. El país vio en vivo a una mandataria sorprendida por el colapso de su propia administración.


Mientras el DDEC se desmoronaba, la gobernadora seguía en las nubes, ajena a la crisis que se cocinaba en una de las agencias más estratégicas para el desarrollo económico del país. Y cuando una gobernadora no sabe que su principal agencia económica está en ruinas, el problema no es de comunicación: es de liderazgo.


Las razones detrás de la renuncia, aunque envueltas en el lenguaje diplomático habitual, apuntan a un patrón que ya se ha vuelto demasiado familiar. Se habla de presiones indebidas, de decisiones cuestionables que no surgían del propio DDEC, sino de la Secretaría de la Gobernación, y de un ambiente de trabajo dominado por la interferencia política. La salida en bloque de diez ejecutivos es un escandaloso grito institucional. Cuando un equipo completo abandona una agencia, el mensaje es inequívoco: algo profundamente tóxico ocurre en la estructura de mando.


Y ese “algo”, según múltiples voces dentro y fuera del gobierno, tiene nombre: Francisco J. Domenech. La percepción pública es que mientras Jenniffer González se dedica a la puesta en escena, Domenech maneja los resortes reales del poder. La gobernadora corta cintas, ofrece declaraciones y posa para las cámaras, pero las decisiones medulares —las que afectan contratos, prioridades y nombramientos— parecen surgir de la oficina de Domenech. Puerto Rico, en la práctica, tiene una gobernadora de apariencias y un gobernador de facto en la Secretaría de la Gobernación.


Este episodio no es aislado. Se suma a una cadena de señales preocupantes: investigaciones que no avanzan, nombramientos fallidos, escándalos que se acumulan sin consecuencias y un gabinete que se desintegra pieza por pieza. La renuncia del secretario del DDEC confirma lo que ya era evidente: la administración carece de cohesión, de dirección y de un liderazgo capaz de sostener la confianza de sus propios funcionarios.


En un país que enfrenta retos económicos profundos, la incertidumbre es veneno y uno de los mayores obstáculos para el desarrollo económico. Hoy, en el gobierno de Puerto Rico, reina la incertidumbre sobre muchos asuntos administrativos, excepto en la convicción de quién realmente tiene el poder de tomar las decisiones. La gobernadora está en las nubes y el timón, marcando rumbo directo a la deriva, lo lleva Francisco Domenech.


El autor es representante por Caguas

en la Cámara de Representantes

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