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  • Foto del escritorEditorial Semana

La culpa y el diablo




Por: Lilliam Maldonado Cordero


Un caballo estaba amarrado al tronco de un árbol disfrutando de la sombra y la caricia del viento, y vino un demonio y lo soltó. El animal, al verse desatado, se metió en una finca vecina a comerse la siembra. El dueño del predio, que esperaba cosechar verduras y otros frutos para venderlos en el mercado, vio al caballo destruyendo el producto de su trabajo, buscó su rifle y lo mató.


La noticia llegó al dueño del animal. Armado, corrió a la casa de su vecino y lo asesinó en desquite por matar a su caballo. La mujer del campesino, al presenciar el violento deceso de su marido, le pegó un tiro al matador en venganza. El hijo del muerto había llegado hasta la finca, y al ver a su padre inerte le disparó mortalmente a la mujer y huyó a su casa. En represalia, los vecinos se allegaron al lugar para liquidar al muchacho y, después, quemaron la estancia.


Allí, pintado del rojo reflejo del fuego, vieron al demonio que había desatado al caballo.


–––¿Por qué desataste el caballo y nos has ocasionado todo esto? –––inquirieron.


–––Yo solo solté el caballo –––contestó el demonio.


La moraleja que le atribuyen a esta fábula es que, el diablo hace cosas simples porque sabe que la maldad radica en nuestros corazones y nosotros nos encargamos del resto.


Pero, un cuento como este debe conducirnos a otras reflexiones.


¿Acaso no sería un ángel o un hada quien soltó los amarres del caballo para que se protegiera del sol, satisficiera su hambre y sed, y corriera libre por la pradera para disfrutar de la libertad? Entonces, ¿cómo cambiaría la moraleja de este relato? ¿Quién se convertiría en la figura antagónica originaria de esta historia?


No pasa un día en que vemos toda clase de injusticias y sufrimientos, y lo primero que hacemos es atribuir culpas primigenias a cada tragedia. Si un hombre abusa de una menor, el primer impulso es atribuirle la culpa a algo o alguien más: al sistema, a las drogas, a la madre por no velar al monstruo responsable del crimen…


Obviamente, en un país en el que la violencia y la indiferencia duermen juntas, donde escasea la educación por el respeto a las diferencias y se priva a la gente de espacios que promuevan una cultura de paz, es mucho más fácil caracterizar al culpable según nuestros prejuicios. En un ejemplo como este, dentro del contexto social donde la mujer es menoscabada al grado de ser cosificada y tratada como propiedad del hombre -algo trágicamente visto con la mayor normalidad del mundo-, lo más fácil para muchos es echarle la culpa a ella de que la maten o le violen una hija.


Otro que acaba cargando la culpa por la prevaricación de los infractores es el diablo, esa figura oscura y malévola que es usada para absolver de toda responsabilidad al verdadero o los verdaderos responsables y perpetradores del delito. Le es más fácil a los criminales -sean de cuello blanco, azul o percudido-, imputar al diablo ser el eje de sus faltas contra los otros y la sociedad, y terminan “orando en las plazas”, y hasta frente al juzgador, para que los libre de la condena.


Antes de echarle la culpa al diablo por todo, agucemos el ojo. Quizás, en muchas ocasiones, la culpa es de todos menos del diablo.

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