La moral,relativizada
- Editorial Semana

- 19 feb
- 3 Min. de lectura

El medio tiempo de Bad Bunny en el Super Tazón ha rendido más que un pote de sal. Ha pasado semana y media, y la gente sigue hablando de esos 13 minutos que ya parecen interminables. La mayoría todavía celebra el mensaje de unidad entre todos los países americanos -o sea, las Américas, que somos todos los pueblos que componemos el hemisferio-. Pero, una minoría anda furibunda porque no les gustó que un puertorriqueño -con ciudadanía estadounidense- haya apelado al amor y la unidad, contra la dominación de algunas naciones que buscan apropiase a la fuerza de los recursos de otros países empobrecidos por su explotación.
Como si el debate político no fuera suficiente para mantener viva la narrativa de odio que promueven algunos, apena escuchar a quienes están llamados a predicar el mensaje de amor que nos legó Jesucristo, prácticamente minimizando el sentimiento de pertenencia y fraternidad que propuso Benito Antonio entre los países americanos durante ese medio tiempo, tildándolo de “nacionalista”, como si esto fuera un pecado. Es lamentable, también, que quienes gozan del privilegio de un micrófono para unir, ninguneen a los países que han sido víctimas, por un lado, de dictaduras y el totalitarismo y, por el otro, de bloqueos económicos criminales -entre estos, Cuba y Venezuela-, como si estos pueblos no sufrieran por las precariedades que provoca la ambición desmedida de un puñado de personas poderosas.
El propósito de la llegada de Cristo fue, precisamente, establecer un nuevo pacto de perdón, reconciliación y salvación entre Dios y el hombre. Lo hizo invitando a amar al prójimo, mientras denunciaba las injusticias, los crímenes, la persecución y el abuso del imperio romano, que avasallaba a varios pueblos, incluido el judío. Jesús se abrió en amor incondicional a las mujeres, los niños, los enfermos, locos y leprosos, es decir, los más despreciados. Perdonó a las adúlteras y las protegió del apedreamiento, y a los publicanos, como Zaqueo. En cambio, condenó a sus propios líderes religiosos por hipócritas. En sus propias palabras, les acusó de “colar el mosquito y tragarse el camello”, pues eran muy meticulosos criticando nimiedades, mientras echaban a un lado la justicia y la misericordia. Es decir, Jesús desafió a los religiosos por hacerse cómplices de las atrocidades que cometían los más altos líderes del gobierno, tanto que fueron los mismos integrantes del Sanedrín quienes lo juzgaron a su pasión y muerte.
La pregunta que debemos hacernos es, ¿habría Jesús condenado el medio tiempo del Super Tazón porque los bailes eran llamativos, o hubiera preferido reflexionar sobre la frase: “Lo único más poderoso que el odio es el amor”, en medio de las expresiones más culturalmente representativas de Puerto Rico, y se promovía la unidad y la fraternidad?
Esta semana comienza otra Cuaresma, y mientras en el mundo existan inequidades y guardemos silencio, como en Sudán, donde mueren niños que trabajan explotando sus recursos para enriquecer más a multimillonarios exógenos; o en Siria, un conflicto que mantiene la mayor crisis de refugiados a nivel mundial; o en Gaza continúe un genocidio para apropiarse de las tierras que han pertenecido a varias etnias que convivían durante siglos en relativa paz, para hacer un “resort”; o se mantengan ocultos los nombres detrás de la organización que por décadas ha traficado niñas y niños para explotarlos -los archivos Epstein-, me parece que desdeñar el medio tiempo de Bad Bunny por sus bailes es, francamente, relativizar la moral y la ética.




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