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La niñezen riesgo

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    Editorial Semana
  • hace 4 horas
  • 2 Min. de lectura
Por: Nitza Morán Trinidad
Por: Nitza Morán Trinidad

Puerto Rico ha sido sacudido en los últimos meses por una serie de hechos que involucran directa e indirectamente a menores de edad. Cada caso nos obliga a detenernos, reflexionar y preguntarnos con honestidad qué está ocurriendo dentro de nuestros hogares y comunidades, y en qué momento comenzamos a fallarle a quienes más necesitan protección. Detrás de cada titular hay historias que duelen: niños heridos en medio de tiroteos, menores que pierden la vida en disputas que jamás debieron presenciar, incidentes provocados por descuido o negligencia, y casos estremecedores de pequeños viviendo en condiciones infrahumanas sin que el sistema, ni su entorno inmediato, lograra detectarlo a tiempo. Cuando eso ocurre, no estamos protegiendo a nuestra niñez. Estamos fallando como sociedad. Estas tragedias no surgen de la nada. Son reflejo de desprotección extrema, maltrato, abandono y silencios prolongados. Son la evidencia de que algo se ha fracturado en el núcleo más básico de nuestra convivencia: el amor, la responsabilidad y el deber de cuidarnos unos a otros.


Pero este no es solo un problema del hogar. Es un fracaso colectivo. Cada caso revela grietas en múltiples niveles: la familia, la escuela, la comunidad y las instituciones llamadas a intervenir. A esto se suma un entorno cada vez más complejo, donde los menores crecen con acceso a armas, exposición a conductas delictivas y a una digitalización acelerada, incluida la inteligencia artificial sin la supervisión adecuada. Lo que debería ser protección se ha convertido, en demasiadas ocasiones, en vulnerabilidad. Mientras tanto, entre reuniones, comités de trabajo y estadísticas, los resultados muchas veces se quedan en informes y diagnósticos. Y la niñez no puede esperar a que los problemas se resuelvan en papel.


Necesita acción inmediata. Necesita presencia. Necesita compromiso real. Debemos aprender a reconocer las señales de alerta, denunciar situaciones sospechosas y romper de una vez la cultura del silencio y del “no me meto”. Proteger a un menor nunca debe verse como una intromisión, sino como un deber moral y ciudadano. Aunque los datos reflejen una reducción en los casos de maltrato de un 26.5% a un 22.1%, y las remociones sean limitadas, la estadística jamás puede sustituir la vida de un niño. Porque cuando uno solo sufre, toda la isla pierde. Y las cicatrices lo acompañan para siempre.


Hoy más que buscar culpables, necesitamos asumir responsabilidades. Es momento de fomentar una cultura de corresponsabilidad social donde denunciemos, orientemos, acompañemos y tendamos la mano. Donde la prevención sea tan importante como la reacción. Donde la política pública tenga sensibilidad humana. Puerto Rico tiene la capacidad de transformar estas tragedias en oportunidades de reforma y fortalecimiento institucional. Pero para lograrlo necesitamos voluntad, empatía y acción. Nuestra niñez no puede seguir en riesgo. Protegerla no es opcional. Es nuestro deber. Es nuestro compromiso. Y es, sin duda, la inversión más importante para el futuro de la isla.


La autora es senadora por San Juan,

Aguas Buenas y Guaynabo

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