Semillasy sembradores


El evangelio del domingo pasado presentó a Jesús reflexionando sobre la faena del sembrador y de la virtud de la semilla para germinar. Pero, también nos habla de la influencia o limitaciones del medio donde es sembrada para potenciarse. La interpretación más generalizada de esta alegoría evangélica propone que la semilla es la palabra de Dios y que nosotros somos esa tierra donde esta puede crecer y multiplicarse.
Para los cristianos, la palabra de Dios es fuente de sabiduría, introspección, desarrollo espiritual y leccionario de valores éticos y morales que sirven como fundamento para forjar un carácter robusto y un espíritu que busque esencialmente conectarse con estos principios. Para ello, es preciso seguir unas guías que proponen básicamente la importancia de desprendernos del ego lo suficientemente como para poner a Dios y a su Hijo en primer lugar, y al prójimo al mismo nivel donde nos colocamos a nosotros mismos, como nuevo pacto o favor divino inmerecido llamado Gracia.
La parábola de la semilla que cae en buena tierra también podríamos interpretarla más pragmáticamente, sin que pierda su esencia salvífica. Es que, muchas veces, nos enfocamos tanto en darle únicamente una interpretación espiritual al Evangelio que obviamos aplicarlo a las profundidades de la cotidianidad.
Al escuchar o releer este pasaje, podríamos también interpretar que esa semilla son nuestros niños, las madres, padres y viejos precarizados, y la tierra bien podría ser el acceso a una educación de calidad, a servicios médicos y de salud preventivos y paliativos, a un techo seguro para un viejo, a un plato de comida caliente…
Pero, el modelo de sociedad que hemos querido justificar y con el que nos hemos conformado ha llevado la educación pública a menos; ha menoscabado el acceso para todos a tratamientos médicos de calidad; ha convertido la vivienda digna en un lujo -particularmente para las madres jefas de familia y los viejos-; y la norma es el encarecimiento de los alimentos y los servicios básicos de agua, luz y el uso de las vías públicas, a pesar de ser cada día de peor calidad. Es decir, que la provisión de servicios y oportunidades que antes estaban celosamente protegidos y hasta garantizados en nuestro país -muchos con rango constitucional-, y que son la “tierra” de la que hablaba Jesús, es la misma que hemos dejado secar, escasear, dejar con poca profundidad, y a la que hemos permitido que le crezcan abrojos, convirtiéndola en un terreno inapropiado para que las semillas, que son nuestros niños y nuestra gente, no puedan brotar y crecer fortalecidas para dar los frutos necesarios para echar adelante a esta y las generaciones futuras.
La parábola del sembrador nos impone el desafío de dejar atrás la mediocridad y concienciarnos sobre la importancia de preparar el terreno fértil para que crezcan los frutos del espíritu. Pero, no es menos cierto que tenemos la obligación de arar la tierra del Reino para que todos accedan a las mismas oportunidades para su desarrollo personal óptimo y una vida digna y plena. Como resumió el apóstol Santiago: “Y si un hermano o una hermana están desnudos, y tienen necesidad del mantenimiento de cada día, y alguno de vosotros les dice: Id en paz, calentaos y saciaos, pero no les dais las cosas que son necesarias para el cuerpo, ¿de qué aprovecha?”
Somos semillas… y sembradores, pero recordemos que la fe sin obras está muerta.




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