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Del ruido,la música.

  • Foto del escritor: Editorial Semana
    Editorial Semana
  • hace 12 horas
  • 3 Min. de lectura
Por: Lilliam Maldonado Cordero
Por: Lilliam Maldonado Cordero

Navegando por las redes tropecé con un video del joven pianista japonés Keichan durante una de sus presentaciones en una sala de conciertos. Keichan es una celebridad en redes por hacer música llena de pasión y energía, y es considerado un fenómeno en la plataforma YouTube.


Volviendo al video, mientras Keichan tocaba el piano, el inapropiado sonido de un celular interrumpió la música. Tututirutarará, tututirutarará … El joven se detuvo por un nanosegundo al escuchar el ruido que venía de las butacas de la audiencia. Durante ese fragmento de tiempo tan finito algunos comenzaron a mirar a su alrededor, escrutadoramente. Una señora se llevó las manos a la cara con vergüenza. Otros hicieron gestos, como buscando entre sus pertenencias, para asegurarse que no era suyo el aparato interpelante. Seguramente, algunos esperaban que el pianista reaccionara con cara de juicio final, pidiendo al menos con la mirada o algún gesto el que alguien, por ese imperdonable descuido, fuera removido de la sala. 


Mientras todo esto pasaba, el maestro se tocaba su oreja izquierda y, con un gesto de introspección, acarició las teclas replicando musicalmente el mismo sonsonete: tututirutarará… tututirutarará … tututirutarará … e inmediatamente aumentó el tempo e improvisó una obra maestra alrededor de aquel sonido que muchos, en principio, creyeron inoportuno. El, en cambio, tomó la decisión de convertir aquella interpelación que algunos pensaron era imperdonable, en música, en una composición magistral que fue resultado de un talento inconmensurable, sentido del humor y una gran dosis de sensibilidad e inteligencia emocional. 


Muchas veces la vida nos ofrece retos que van desde el cambio de planes por cosas fuera de nuestro control, entre ellas aquellas aparentemente triviales, como la lluvia, llegar tarde a una reunión por “la congestión nuestra de cada vía”, o menos insignificantes, como la muerte de un ser querido o enfrentar la persecución, el odio y la calumnia, que cada vez nuestra sociedad mira con mayor indiferencia. Muchos se dedican a quejarse si llueve o no llueve. Otros se quejan si hay tapón, y si no lo hay, también se quejan porque salieron temprano cuando pudieron dormir unos minutos más. Sobre las pérdidas de aquellos que hemos amado, un hecho que sucede con frecuencia y representa un desafío nefasto que la vida nos plantea, o la interpelación de personas torcidas que solo buscan dañarnos a nosotros y a otros por mero placer o maldad, necesitamos recurrir a ese banco de fe, tolerancia y reserva espiritual que atesoramos. 


En primer lugar, debemos recordar que no tenemos el poder de controlarlo todo. Lo único que podemos controlar es la manera en que reaccionamos, desde la interrupción de un teléfono mientras escuchamos un concierto, la lluvia pertinaz que “se atreve” a cambiarnos los planes, la maldad que nos toca a diario, tanto en lo personal como en los escenarios más cruentos de las guerras sin sentido que, cada vez con más frecuencia, atestiguamos, así como ver partir a nuestros seres queridos.


No es fácil dar sentido a los desafíos y, mucho más, atestiguar y enfrentar la perversidad privilegiada por la impunidad. Solo tenemos el poder de controlar cómo reaccionamos: si es convirtiendo el ruido en música, la lluvia en alimento para la tierra, el tapón para reflexionar, los trances más difíciles para movernos a la transformación personal, o provocar el cambio que necesitan nuestras instituciones anquilosadas e indiferentes.  

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