El pueblo contra la claque
- Editorial Semana

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Este 25 de julio, en el Teatro Municipal de Cayey, ocurrió algo que no cabe en un comunicado de prensa pero que se sintió en cada rincón del país: volvió a asomarse la esperanza. Y esa esperanza tiene nombre. Es Pablo José Hernández, quien en el aniversario setenta y cuatro de nuestra Constitución dejó a un lado el debate de estatus para hablarle al pueblo con la seriedad y la honestidad que hacía tiempo extrañábamos en la vida pública.
Pablo José no vino a repartir culpas fáciles. Vino a nombrar al verdadero enemigo del buen gobierno: la claque. “La claque son los que se compran y se venden, los que confunden servir con servirse”, dijo, y cerró su mensaje repitiendo tres veces una consigna que ya recorre la Isla: el pueblo contra la claque. No fue un discurso de ocasión; fue un diagnóstico. Por eso propuso cuatro reformas concretas al financiamiento de las campañas, porque quien de verdad quiere sanear el gobierno empieza por cortarle el oxígeno a los que lo compran.
Y como si el guion se escribiera solo, esta misma semana La Fortaleza nos regaló el mejor ejemplo de lo que Pablo José denunció. La salida de Francisco Domenech y de Itza García, en medio de una pesquisa del Panel sobre el Fiscal Especial Independiente por presiones indebidas en la Oficina de Gerencia de Permisos a favor de un proyecto privado, no es un tropiezo aislado. Es el retrato de la claque en pleno ejercicio del poder.
Que no nos vendan la novela de dos funcionarios que “dan un paso al lado”. Estamos hablando de más de diez salidas en pocos meses, de una OGPe convertida en ventanilla de favores y de una administración que, ante el escándalo, responde con maquillaje en lugar de rendición de cuentas. La gobernadora Jenniffer González debe entender que el país ya no se traga ese cuento: queremos saber quién presionó, a favor de quién y quién lo permitió en coautoría de corruptela. El pueblo trabajador, ese que madruga y paga sus contribuciones, no merece que su gobierno se convierta en el negocio privado de unos pocos que se creen dueños de la cosa pública.
Aquí está lo importante, y por eso escribo con esperanza y no con amargura. La reacción de la claque no es señal de fuerza; es señal de miedo. Se mueve, se reacomoda y se defiende precisamente porque siente la presión de una ciudadanía que despertó y de una militancia que, del lado de Pablo José, exige otra manera de gobernar.
La claque es poderosa, pero es vulnerable. Y se le vence con cuatro armas que ellos no tienen: la vergüenza, para no normalizar lo indecente; la transparencia, para llevar luz donde ellos prefieren la sombra; la honestidad, para gobernar de cara al pueblo; y con el voto, que en democracia siempre tiene la última palabra.
Setenta y cuatro años después, el mensaje es claro: el pueblo contra la claque. Y esta vez, los venceremos.
El autor es representante por Caguas
en la Cámara de Representantes




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