Estos locos bajitos


Mi nieto primogénito, Joaqui, ya creció frente a nuestras narices y se hizo un hombre, así, sin avisarnos. Esta semana se va a estudiar al otro extremo del continente estadounidense. Quiere ser médico, y lo va a lograr. Todavía no está seguro si será cardiólogo o gerontólogo. Su madre, sus tías y su Abita le tiramos la cascarita para ver si estudia dermatología y nos estira los plegujos con Botox y rellenos. Pero, parece que tendremos que seguir poniéndonos potingos y cremas antiarrugas, porque él quiere ser de los médicos que cuidan y curan.
Joaqui, acostumbrado a compartir con una familia numerosa, particularmente de tías, tíos, abuelos y bisabuelos que lo han tongoneado con las caricias impertinentes de los viejos, nos tiró como camándulas unas palabras este fin de semana, antes de irse: “es que quiero volver a mi país como médico, porque me gustan los viejos, y aquí hay y habrá muchos viejitos que van a necesitar cuidados”. Cuando lo escuché, no pude menos que sentir orgullo y satisfacción y, a la vez, un pavor que todavía me hace temblar. Orgullo, porque tiene la inteligencia y los sueños para lograr todo lo que quiera alcanzar. Pavor, porque en Puerto Rico no hay agua, no hay luz, no hay donde alquilar una oficina, las carreteras están rotas, no hay patrullas en los cuarteles, no hay materiales en las escuelas, y cuando hay mucho polvo del Sahara, no llueve, pero cuando no lo hay, nos arrecian las tormentas. Nos quejamos por todo, y con razón, porque no es lo mucho, es lo corridito.
El entrañamiento con el deseo de mi nieto de prodigar amor a los viejos me recuerda la poesía hecha canción de Joan Manuel Serrat cuando habla de Esos locos bajitos: los niños. Aquellos que llegan a nuestras vidas, “con los ojos abiertos de par en par. Sin respeto al horario ni a las costumbres. Y a los que, por su bien, hay que domesticar”. El poeta reflexiona con el afán de nosotros, los “adultos”, de educar e imponer las normas sociales: “Niño, deja de jod… con la pelota. Niño, que eso no se dice, que eso no se hace, que eso no se toca (…) nos empeñamos en dirigir sus vidas. Les vamos transmitiendo nuestras frustraciones con la leche templada y en cada canción. (…) Nada ni nadie puede impedir que sufran. Que las agujas avancen en el reloj. Que decidan por ellos, que se equivoquen. Que crezcan y que un día nos digan adiós.”
Recuerdo que, cuando sus padres lo dejaban a nuestro cuidado para ir a un concierto o viajar, lo acostábamos con nosotros. Con su dedo índice se tocaba sus largas pestañas para distraerse. Yo le decía que estuviera tranquilo, que sus papás iban a regresar y que la íbamos a pasar bien entretanto. El me veía en la mirada la seguridad apacible de una abuela y se dormía. Eventualmente, como se lo había prometido, sus padres regresaban por él. Eso desarrolló su carácter y confianza.
Hoy, Joaqui comienza su vida de adulto. Ahora, todos tenemos un fuerte dolor en el pecho al verlo partir hacia su nueva etapa. Pero, estoy segura de que él nos va a curar esta pena, ya vuelva como médico, abogado, escritor, entomólogo o creador de nubes. Lo vamos a estar esperando para que nos sane esta ausencia pasajera y acompañarlo en su aventura de vida.




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