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Está a la puerta

Foto del escritor: Editorial Semana
Editorial Semana
hace 2 horas
3 min de lectura
Por: Lilliam Maldonado Cordero
Por: Lilliam Maldonado Cordero

Un día, Susanita y Mafalda jugaban a ser grandes, cuando Susanita le espetó lo siguiente a su amiguita: “Cuando seamos señoras, nos asociaremos a una fundación de ayuda al desvalido. iA mí también me lastima ver gente pobre, créeme! iY organizaremos banquetes en los que habrá pollo, pavo, lechón y todo eso! ¡Para poder comprar a los pobres harina, sémola, fideos y esas cosas que comen ellos!


Esta tira cómica de Mafalda, lejos de dar gracia, resulta una punzante crítica social pues, utilizando el humor en la voz de una niña, invita a cuestionarnos si estamos practicando verdaderamente la compasión y la piedad.


Susanita caracterizó a la señora que celebra, entre fiestas y galas, su onomástico, mientras los mozos del hotel anfitrión pasan entre los asistentes bandejas plateadas llenas camarones envueltos en tocino, rollitos de sushi con langosta en salsita de sésamo y soja, y otras delicias, para bajarlas con buches de vinos exquisitos. 


Afuera de esas paredes, la gente padece por toda clase de plagas: la ausencia de agua potable en sus hogares, y la falta de servicio eléctrico que los priva de poder refrigerar, conservar y cocinar sus alimentos y guardar sus medicinas. Lo sé, porque los “mortales” lo vivimos a diario, y lo vemos en los noticiarios cuando entrevistan a don José o a doña María, desnudando las privaciones y condiciones de pobreza en las que viven, y recaban ayuda a la ciudadanía. Esa misma “ayuda” (es decir, derechos) que no les llega como el agua por el grifo, o la luz por los receptáculos ni, mucho menos, el cuidado especializado y medico hospitalario que necesitan y que es, cada vez, más ausente. 


“Los puertorriqueños somos desprendidos”, repiten una y otra vez nuestros reporteros, recabando apoyo para estos hermanos. Indudablemente, los puertorriqueños somos desprendidos y no podemos ver a un viejito solo encamado al cuidado de sus vecinos, o a la niñita que necesita de una operación que solo puede ser tratada “afuera”, por lo que requiere “cualquier ayuda, por mínima que sea”, para cubrir los gastos relacionados con la tan urgente intervención.   


Por otro lado, no muy lejos de aquella cumpleañera, está el predicador “compartiendo palabra” desde un púlpito. Habla de la abundancia, de la fe y de pedirle al Señor prosperidad. “Dios quiere que sus hijos vivan en abundancia”. Lo afirma por el micrófono, mientras insta a sus ovejas a aportar pletóricas ofrendas, porque es “importante invertir en la obra” con la ampliación del templo, cuya construcción ronda el medio millón de dólares. Su prédica la cierra con un, “hermanos, Jesús está a las puertas”. No puede decir algo más veraz: Jesús está a la puerta.


Está en el viejo enfermo y solo que no tiene quién se ocupe de él. Está en el muchacho adicto y sin hogar que es arrestado porque duerme en la calle. Está en la madre que cría sola a sus hijos y no recibe apoyo por parte de su patrono con horarios más flexibles. Está en las víctimas de genocidio y de abuso político. Está en los niños que son expuestos a trabajos forzosos para enriquecer a otros, y en las niñas explotadas sexualmente. Está en el forastero que huye de las condiciones de vida precarias y la persecución política de su país buscando un mejor futuro entre nosotros. 


Jesús está a la puerta, sí, y también en el semáforo, en la acera, o solo, enfermo en una cama.

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