Gerontofobia, edadismoy la ignorancia


Gerontofobia es el miedo irracional o rechazo hacia las personas mayores, mientras que su prima hermana, gerascofobia, es el terror de uno mismo a envejecer. El edadismo sistémico, a su vez, es la discriminación por edad enraizada en algunas estructuras, organizaciones, normas y prácticas. En nuestra sociedad, donde irónicamente hay más viejos que jóvenes, ha aumentado el culto al consumo y desecho, reflejado en el desdén a nuestros mayores.
En tiempos recientes es más notable el menosprecio a los viejos, aquellos que gozan del privilegio de una vida larga y productiva, y que aportaron al desarrollo de las instituciones fundacionales de nuestro País y del mundo de hoy. Lamentablemente, algunos utilizan expresiones peyorativas, críticas y desprecio al referirse a los mayores, o recurren a eufemismos porque piensan que es menos repudiable burlarse de los “Boomers” o “la gente mayorcita”. Para estos, ser viejo es una lacra. Es como si estas personas no tuvieran padres, abuelas, tíos, bisabuelas y toda una parentela de ancestros que, con sus luces y sus sombras, aportaron a la construcción de nuestro país y de lo que ellos mismos son. El edadismo ha adquirido una presencia ofensiva y preocupante que promueve el menosprecio por los adultos mayores y los sacrificios que hicieron para basar la zapata de nuestras sociedades. Quien trata a los viejos, la vejez y la experiencia de vida con desdén y burla puede estar proyectando un profundo déficit de carácter, solidaridad y valores, y promueve con ello los malos tratos hacia esta población.
Las generaciones de adultos mayores de hoy día no llegamos hasta aquí porque nos trajeron al hombro. Lo hicimos fajándonos desde muy jóvenes, aun estudiando de noche mientras laborábamos más de 40 horas semanales. En efecto, muchos continuamos siendo productivos. Trabajamos, atendemos a nuestros nietos y cuidamos a los más viejos que trabajaron, marcharon, protestaron, formaron puentes y paredes humanas para retar los abusos, las inequidades, las guerras y la injusticia institucional.
Esos viejos, nuestros padres y abuelos, y los que estamos en la víspera, luchamos para impulsar los derechos civiles, el derecho al voto de las mujeres y las minorías, el respeto a la diversidad, el mejoramiento de la vida de las personas con discapacidad funcional, cuestionamos las políticas públicas bélicas, y denunciamos la corrupción y la impunidad. Defendimos y defendemos los principios constitucionales, éticos y de derechos universales que garantizan la estabilidad y seguridad en el trabajo, horarios dignos, acceso a salud y educación. Sabemos y agradecemos a nuestros viejos por haber sufrido por el subempleo, el hambre y hasta pérdida de familiares por las guerras y posguerras, y trabajaron para impulsar, aún contra esos vientos, la expansión económica de mediados y finales del siglo pasado.
Fueron miles de viejas y viejos, como Dorothy Height, Amelia Boynton Robinson, Harriet Tubman, Mahatma Gandhi, Nelson Mandela, John Lewis, Rosa Parks y puertorriqueños como Luisa Capetillo, Ana Roque de Duprey, Gilberto Gerena Valentín, José “ChaCha” Jiménez, Felisa Rincón, Eugenio María de Hostos, Ramón Emeterio Betances y tantos otros que lucharon hasta su vejez para que hoy accedamos a las libertades que gozamos, como el voto libre y secreto, y protecciones y derechos civiles y humanos, como empleo sin discriminación y paga digna.
“Cuando un viejo muere, una biblioteca se quema” es una metáfora del etnólogo africano Amadou Hampâté Bâ. Esta máxima resuena como el verso del poeta Antonio Machado: “Todo lo que se ignora, se desprecia”.




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