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Hartos dela resiliencia

Foto del escritor: Editorial Semana
Editorial Semana
17 sept
3 min de lectura
Por: Lilliam Maldonado Cordero
Por: Lilliam Maldonado Cordero

Muchos adquirimos mayor conciencia del significado de la palabra resiliencia a raíz de la devastación que sufrimos y padecimos luego del paso del huracán María por Puerto Rico. No tuvimos luz ni agua durante meses, algunos hasta años, quedando desprovistos de estos servicios básicos. Entonces, nos metieron la resiliencia “por ojo, boca y nariz” (como decía mi abuela), como si fuera un atributo mitocondrial de los puertorriqueños. “Somos un pueblo resiliente”, dicen muchos buscando, por un lado, recabar a la paciencia cuasi infinita de este pueblo y, por otro, justificar años de descuido en el mantenimiento de las infraestructuras más importantes: agua potable, servicio eléctrico y carreteras.


Para tener contexto, la resiliencia es, según la Asociación Americana de Psicología, la capacidad de adaptarse y superar situaciones difíciles, traumáticas o adversas para salir fortalecido, pero no dice nada de que dicho ejercicio sea uno infinito. Aquí llevamos casi una década post María exprimiendo la resiliencia como si fuera virtus infinita cuando, en realidad, lo que vivimos no es resiliencia, sino la glorificación del sacrificio al costo de la paciencia y las reservas de fortaleza de los ciudadanos. Con esto, le pasan a la gente las responsabilidades que corresponde resolver al gobierno.


Recientemente, se ha disparado el número de atracos, hurtos, robos, carjackings, asesinatos y otros delitos en nuestra isla. Ahora, las comunidades tenemos que hacer mayores sacrificios y aumentar la inversión en vigilancia privada, porque los delincuentes se sienten con una patente de corso para realizar escalamientos, destruir verjas, apropiarse de las cosas que con tanto sacrificio construimos y conservamos, y quedan impunes, ya sea porque nunca los atrapan o, porque cuando lo hacen, el sistema les da la salida innumerables veces bajo consideraciones técnicas. Cuando se llama a la Policía, expresan que no pueden mejorar la situación porque no tienen recursos, entre estos, patrullas. Y sobre la calidad de la educación, ni hablar. Entonces, ¿para qué pagamos las tasas contributivas más altas de todas las jurisdicciones estadounidenses y decenas de otros países, si no contamos con los servicios a los que se obliga constitucionalmente el gobierno a proveer?


Nuestro país, o sea, nosotros, la gente de a pie, hemos aprendido a vivir en esta isla de manera orgánica. Puerto Rico es la jurisdicción estadounidense más empobrecida, pero donde se pagan tributos confiscatorios solo por el hecho de trabajar, y tenemos el impuesto a la venta y uso más alto de todos los Estados Unidos y algunos países -encima de esto, regresivo-. Los tributos a los gobiernos municipales son elevadísimos, y pagamos a corporaciones extranjeras para proveernos los servicios básicos. Incluso, los peajes de las carreteras que deben ser del pueblo, no lo son, porque los pagamos a corporaciones privadas. Otra vez, preguntémonos, ¿por qué y para qué tenemos que pagar privadamente para tener acceso al agua potable, electricidad confiable, carreteras en buen estado y la seguridad? 


Actualmente, un gran porcentaje de viviendas y negocios en Puerto Rico tenemos que pagar vigilancia privada y rondas en las urbanizaciones, compramos cisternas, generadores alternos de electricidad, placas solares y baterías, pero las facturas, lejos de bajar, aumentan. Las comunidades organizadas, junto con la empresa privada y la masa trabajadora somos quienes pagamos CRIM, patentes y otros tributos. Repito la pregunta: ¿por qué y para qué?


Aquí la resiliencia adquirió otra acepción: la normalización de la crisis y la incompetencia. 

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