In Godwe trust?


En días recientes trascendió la noticia del fallido intento de ejecución de Christa Pike, una mujer condenada a la pena de muerte en Estados Unidos en 1996 por haber coparticipado junto a otros jóvenes del cruento asesinato de otra muchacha cuando tenían 17 y 18 años. Christa fue la mujer más joven condenada a este castigo en la era moderna. Aunque no exista justificación para cometer ningún crimen, los actos de Christa responden a un problema más profundo: la pobreza, la precarización, el uso de drogas, su daño cerebral resultado del uso de drogas y alcohol por parte de su madre mientras la gestaba y, lo más espeluznante aún, la indiferencia de los organismos públicos responsables de proteger a los menores del abuso, principalmente quienes tienen la obligación de investigar los delitos y aquellos que han jurado administrar responsablemente la justicia.
Quienes me conocen saben que tengo poca tolerancia para quienes manipulan y abusan del sistema y del derecho. Pero, en el caso de Christa, siendo un caso excepcionalmente trágico para todas las partes, es preciso conocer su trasfondo cuando era escasamente una niña.
Desde su niñez, Christa sufrió un trasfondo insoportable. Fue víctima de abuso sexual, múltiples agresiones y violaciones sexuales, abandono y negligencia parental. A los 11 años fue violada por un vecino. Su madre no le creyó hasta que desarrolló una infección. El hombre fue encausado, se declaró culpable, pero continuó viviendo cerca de ella. Christa atentó contra su vida a los doce años. A los diecisiete fue violada violentamente por un desconocido en la carretera. La Policía nunca arrestó al hombre. Christa nunca recibió tratamiento para superar este violento ataque, recrudenciendo su inestabilidad emocional y mental. Al año de esta violación, Christa y otros dos adolescentes asesinaron a Colleen Slemmer, en un crimen injustificable que estremeció el país.
Es cierto que desde temprana edad se puede distinguir el bien del mal, por lo que no todo crimen puede escudarse tras la falta de madurez. También es cierto que el cerebro humano no alcanza una madurez total hasta los medianos veinte años, y esto se utiliza para tratar de justificar toda clase de delitos. En el caso de Christa, una niña maltratada emocional, física y sexualmente desde su niñez, con el conocimiento de su madre y de las autoridades, estas agresiones nunca acarrearon consecuencias a los abusadores, lo que nos adentra a otro nivel de abuso familiar con conocimiento institucional y gubernamental, situaciones que no nos son extrañas en este país.
En resumen, Christa fue condenada a la pena de muerte por sus actuaciones de los 18 años. Luego de múltiples intervenciones de sus representantes legales que, buscando cancelar su condena a muerte, lograron postergar su ejecución, a los 50 años Christa recibió dos inyecciones letales que, por errores en la administración del veneno no le causaron la muerte, pero sí la mantuvieron y mantienen con un pronóstico reservado. Existe el clamor de que se conmute su pena luego de conocerse su trasfondo y el doloroso fallido intento de ejecución.
Sin embargo, una pregunta huelga: ¿Cómo un país que se ufana de afirmar “In God we trust” -ese mismo Dios que establece una prohibición taxativa de no matar-, condene a la muerte a otro ser humano? No habiendo aprendido nada del caso de Christa, el presidente estadounidense ha expresado que haría pública la ejecución de otro reo.
Como dijo Jesús: de una misma fuente no puede emanar agua dulce y salada a la vez. Somos fríos… o calientes. Creemos en Dios y sus mandamientos… o rechazamos sus estatutos. En esta materia no hay espacio para el relativismo.



