top of page

La lectura desdela niñez

Foto del escritor: Editorial Semana
Editorial Semana
27 ago
3 min de lectura
Por: Lilliam Maldonado Cordero
Por: Lilliam Maldonado Cordero

Hace décadas, bueno, al menos en mi época, el mayor entretenimiento de los niños era jugar en el patio de la escuela. Al regreso de clases, muchos hacíamos las asignaciones mientras veíamos a Pacheco y las caricaturas de Los Picapiedras, los Jetsons, y el Correcaminos con el pobre Coyote, que no pegaba una por culpa de los productos marca ACME, diseñados especialmente para torturarlo y evitar que se comiera el pajarraco. Cuando terminábamos las tareas, podíamos salir un rato a jugar a la calle y, más tarde, regresábamos a bañarnos y a cenar. Estaba prohibido comer antes de bañarse porque “se hacía mala digestión”. Para bajar revoluciones, leíamos paquines (cómics) de Archie, Súperman, y las nenas leíamos Suzie, que eran cómics románticos fresita. Los más afortunados teníamos las enciclopedias La Cumbre o Británica, y Mis Primeros Conocimientos, que eran lo más cercano al Internet de ahora, y pasábamos largo rato leyendo sus tomos. Con ellas hacíamos las investigaciones para cuando los maestros nos obligaban a buscar más allá de los libros de texto. Visitar las bibliotecas para hacer los “proyectos” era, también, lo usual. Pedíamos los libros a la bibliotecaria con mucho sigilo pues no se podía hablar en voz alta. La biblioteca era como entrar a un templo.


Recorrer las páginas de los libros, las enciclopedia o el Atlas Mundial era una aventura. Recuerdo perfectamente el olor de las páginas y su textura. Ver el planeta Tierra en color desde la atmósfera, los distintos continentes, océanos y mares, tantos países y su diversidad, era una vivencia que invitaba a soñar con conocer otras culturas. Ya más creciditos, leíamos Selecciones de Readers Digest, con historias cortas fascinantes, chistes “mongos” y las Citas Citables. Compartíamos los libros, dibujábamos en las libretas Superior con lápices y crayones de colores. Teníamos menos, pero eso sumaba más, porque la vida era mucho menos complicada e, indudablemente, más colorida y fascinante. La gente tenía menos prisa por llegar a su destino. No había influencers, FaceBook, Instagram, Tweeter (X) ni Threads. Al hablarnos, lo hacíamos mirándonos a los ojos, y si era remoto, por teléfono fijo, o público, que al principio costaba un “dime”, y luego una peseta.


Rememorando esa niñez y juventud, valoro esas pequeñas-grandes cosas, muy especialmente la importancia de fomentar la lectura en nuestra niñez. Hace unos días, mientras me atendía un joven de unos veinte años en un negocito al recodo de un camino, observé la dificultad con la que escribía mi pedido, pero no me sorprendí, pues no es la primera vez que observo algo así. Reflexioné sobre las deficiencias de nuestro sistema de educación pública y de lo poco que nuestros niños ejercitan la lectura y la escritura. 


Ahora que reiniciamos el periodo lectivo, promovamos la lectura en nuestros niños y el contacto con el papel para fortalecer el lenguaje y las destrezas relacionadas, así como su seguridad emocional introduciendo el conocimiento, ampliando el vocabulario y estimulando el ensueño. Fomentemos la creación y defensa de las bibliotecas locales y escolares, los rincones de lectura y las tertulias. Ayudémoslos a desconectarse de los ruidos digitales para mejorar la concentración profunda y aprender a pausar en un mundo cada vez más rápido, inhóspito e indiferente. Acojamos esta práctica en familia, desde los padres, abuelos y maestros. Fomentemos la lectura, leámosles en voz alta desde la primera infancia y permitámosles acariciar el papel de un libro o una libreta. 

Comentarios


bottom of page