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Los gritos de la Tierra

Foto del escritor: Editorial Semana
Editorial Semana
20 ago
3 min de lectura
Por: Myrna L. Carrión Parrilla
Por: Myrna L. Carrión Parrilla

Vivimos en una isla acostumbrada al sol, al calor y a los largos días de verano. Sin embargo, en los últimos años hay algo que todos hemos comenzado a sentir: el calor se siente diferente. Las temperaturas intensas, los periodos prolongados de sequía, las lluvias repentinas, los huracanes más preocupantes y los cambios en nuestros ecosistemas nos recuerdan que el clima está cambiando y que no podemos mirar esta realidad con indiferencia. Podríamos decir que son los gritos de la Tierra, una manera simbólica de advertirnos que nuestro planeta necesita atención.


Durante décadas, el desarrollo de nuestras sociedades nos ha permitido alcanzar adelantos extraordinarios. Hemos construido ciudades, carreteras, industrias y tecnologías que han transformado nuestra calidad de vida. Pero ese progreso también ha tenido consecuencias. La contaminación, la deforestación, el uso excesivo de combustibles fósiles, la generación desmedida de desperdicios y una cultura de consumo que muchas veces nos lleva a comprar, usar y desechar sin pensar han dejado una huella profunda en nuestro planeta. El cambio climático nos presenta una gran lección: nuestros actos tienen consecuencias.


Lo interesante es que esta realidad no debe llevarnos al miedo ni a la desesperanza. Por el contrario, debe movernos a la responsabilidad. Porque si muchas acciones humanas han contribuido al problema, también nuestras decisiones pueden formar parte de la solución.


¿Qué podemos hacer?  Podemos comenzar por aquello que parece pequeño: apagar una luz que no necesitamos, reducir el uso de plásticos, reutilizar materiales, reciclar correctamente, evitar desperdiciar agua, sembrar un árbol, cuidar nuestras áreas verdes, reducir el desperdicio de alimentos y enseñar a nuestros niños que la naturaleza no es algo que simplemente utilizamos, sino un patrimonio que debemos proteger.  También podemos hacer cosas mayores.  Nuestras comunidades pueden desarrollar proyectos de reforestación, crear espacios de sombra, proteger cuerpos de agua y promover una mejor disposición de desperdicios.   En Puerto Rico esta conversación adquiere especial importancia. Somos una isla pequeña y vulnerable a huracanes, inundaciones, sequías, erosión costera y temperaturas extremas. Proteger nuestros árboles, nuestras costas, nuestros ríos y nuestros recursos naturales no es solamente un asunto ambiental: es proteger nuestra calidad de vida y el futuro de nuestros hijos.


También debemos preocuparnos por quienes sufren primero las consecuencias. Una temperatura extrema no afecta de igual manera a quien trabaja bajo el sol que a quien permanece en una oficina climatizada; tampoco a un adulto saludable que a un niño, una persona mayor o una familia que carece de recursos adecuados. Hablar del cambio climático también significa hablar de solidaridad. Quizás el mayor cambio que necesitamos no comienza en una ley ni en una gran conferencia internacional. Comienza en nuestra manera de pensar.


Necesitamos pasar de preguntarnos: “¿Qué diferencia puede hacer lo que yo haga?”, a comprender que las grandes transformaciones siempre son el resultado de miles y millones de pequeñas decisiones. La Tierra nos está hablando. La sentimos en el calor intenso, la vemos en nuestros océanos y la reconocemos en fenómenos naturales que parecen sorprendernos cada vez más. Escuchar sus gritos significa actuar.  No tenemos que hacerlo todo, pero todos podemos hacer algo. Podemos consumir menos, conservar más, educar mejor, sembrar, proteger, exigir responsabilidad y convertir el respeto por nuestra casa común en parte de nuestra vida cotidiana.


Porque cuidar la Tierra no significa solamente proteger el planeta que tenemos hoy. Significa decidir qué planeta queremos dejar a quienes todavía no han llegado.


Y esa, quizás, sea una de las responsabilidades más grandes de nuestra generación.

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