Me levanté paraabrir el grifo


Me levanté para abrir el grifo. No es nada extraordinario. Es un gesto tan cotidiano que casi nunca pensamos en él, pero durante los últimos meses se ha convertido en Puerto Rico en una especie de apuesta. Giramos la llave y esperamos. A veces sale un hilo de agua; otras veces, no sale nada. Y cuando finalmente llega, queda la pregunta inevitable: ¿por cuánto tiempo?
Lo preocupante no es solamente que falte el agua. Lo verdaderamente grave es que la incertidumbre se haya convertido en parte de la rutina diaria de miles de puertorriqueños. En cualquier sociedad moderna, abrir un grifo debería ser uno de los actos más simples de la vida, especialmente al comenzar el día. No debería requerir revisar las redes sociales, escuchar conferencias de prensa, consultar calendarios de racionamiento, esperar el próximo comunicado de la Autoridad de Acueductos y Alcantarillados o depender del mensaje de algún ciudadano anunciando si llegó o volvió a faltar el preciado líquido.
Mientras las familias hacen malabares para almacenar agua y los comercios determinan si es viable abrir sus puertas, hospitales, escuelas, centros de cuido y otras industrias han tenido que diseñar planes de contingencia para garantizar algo tan básico como lavarse las manos, bañarse, preparar alimentos o mantener condiciones adecuadas de higiene. A todo esto, se suman explicaciones sobre las condiciones climatológicas y el fenómeno de El Niño, mientras seguimos sin tener claridad suficiente sobre cómo se resolverá a largo plazo la vulnerabilidad del sistema.
Hemos entrado en una especie de modo de supervivencia frente a un servicio esencial. Ya se secó el grifo. Y ciertamente hay factores naturales fuera del control humano. No podemos fabricar lluvia ni determinar cuándo caerá suficiente agua sobre nuestros embalses. Pero sí podemos preguntarnos si Puerto Rico pudo haber contado con mayor planificación, prevención, mantenimiento e inversión a tiempo para evitar que una situación climatológica amplificara las deficiencias que ya enfrentaba nuestra infraestructura.
Puerto Rico necesita un sistema que no dependa de la improvisación ni de la esperanza de que mañana llueva lo suficiente. Porque el agua no es solamente un servicio público. Es salud, educación, productividad, seguridad y dignidad. Sin embargo, continuamos atrapados en el mismo ciclo: ocurre la crisis y reaccionamos; pasa la emergencia y olvidamos; llega la próxima crisis y volvemos a reaccionar. Así hemos vivido durante años y así no se construye una sociedad verdaderamente resiliente.
La verdadera emergencia no es solamente que hoy falte agua. Es que llevemos demasiado tiempo aceptando como normal que pueda faltar. Nos hemos acostumbrado a tener cisternas, almacenar galones y desarrollar planes familiares para sobrevivir interrupciones que nunca debieron convertirse en parte permanente de nuestra cotidianidad.
Nos hemos acostumbrado a convertir lo extraordinario en ordinario y lo que debería ser ordinario en extraordinario. Sí, somos resilientes. Pero vivir permanentemente en modo de supervivencia también nos marca como personas y como sociedad. Mientras otras partes del mundo discuten sobre la evolución de la inteligencia artificial, construyen.infraestructura.futurista y planifican los avances que transformarán las próximas décadas, aquí todavía comenzamos algunos días haciéndonos una pregunta demasiado básica para nuestros tiempos: ¿Hoy tendré agua cuando abra el grifo?
La autora es senadora por San Juan,
Aguas Buenas y Guaynabo


