Más vivencias y menos cachivaches


Los otros días Leyla, una buena amiga y vecina, me compartió una reflexión sobre las cosas que acumulamos, y la encontré muy pertinente. Esa semana yo estaba, precisamente, mirando los closets y el garaje con el fin de disponer de muchos artículos innecesarios.
Se sabe que algunos animales tienen como costumbre acumular cosas, pero lo hacen con un propósito práctico y de supervivencia. Por ejemplo, las ardillas, los roedores y algunos pájaros almacenan semillas para asegurarse alimento en tiempos se escasez. Del mismo modo, los machos de algunas aves recolectan artículos coloridos o brillantes para colocarlos en sus nidos y atraer a las hembras, cumpliendo el vital propósito de reproducción.
En cambio, la especie humana tiende a acumular cosas que no necesita. Muchos les otorgan valor sentimental, abstracto o emocional, buscando seguridad en los recuerdos de personas o vivencias del pasado. Otros lo hacen por consumismo y para proyectar estatus social, o por miedo a la carencia pensando que, algún día, los van a necesitar aunque no tengan utilidad alguna, por el simple hecho de poseer. En el peor de los casos, acumular cosas solo para almacenarlas puede ser síntoma de un desorden emocional u obsesión compulsiva.
Es cierto que todos, en mayor o menor grado, compramos cosas -a veces por impulso- y terminamos guardándolas por años y hasta décadas -en ocasiones, toda la vida-. Para conservarlas, las acumulamos en gavetas o cajones plásticos. Allí mantenemos las fotos de familiares, de nuestros hijos, amigos, juguetes viejos, documentos que no tienen valor práctico, artículos dañados pensando que algún día los podremos reparar, y hasta adornos de Navidad que llevamos años sin colocar, pues les adjudicamos un valor sentimental. Pasa el tiempo y esas cosas permanecen encerradas cogiendo polvo porque nadie las mira ni las usa. iCuántas veces vemos esos cajones y pensamos que, uno de estos días, nos vamos a sentar a disfrutar de las fotos de la familia y de quienes ya no están presentes, pero no sacamos el tiempo! Con frecuencia, afirmamos que vamos a usar esto o aquello, pero no lo hacemos ni lo descartamos porque sentimos culpa otorgándole un valor que, en realidad, no posee.
Naturalmente, existen cosas que sí tienen mérito de sobra para ser conservadas, como las fotos de la gente importante en nuestras vidas y de momentos valiosos que merecen ser revisitados y relatados a nuestros hijos y nietos, como la boda de nuestros padres, el rostro de nuestros bisabuelos y abuelos que no conocen nuestros más jóvenes, cómo y dónde ellos crecieron, y cómo y dónde crecimos nosotros, así como los lugares que hemos visitado.
Hoy día, es mucho más fácil conservar recuerdos gracias a la tecnología. Con el toque de un botón podemos capturar una imagen o un sonido. Aún así, tenemos comunicaciones y fotos digitales almacenadas, muchas de ellas imprácticas, pues no guardan pertinencia con nuestro presente, pero nos resistimos a borrarlas “por si acaso”.
Es cierto lo que dice nuestro Conejo Malo: “Debí tomar más fotos”. Pero, también es cierto que debemos vivir más intensamente… y guardar menos cachivaches. Muchas veces estamos más preocupados por conservar el contenido de cajones en los closets aunque llevemos años sin abrirlos. No sacamos el tiempo para examinarlos porque sentimos culpa si descartamos cosas inútiles. Olvidamos que lo más importante es abrir espacio en nuestro tiempo presente para formar recuerdos nuevos con quienes están aquí, ahora, y vivir.




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