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No hay guerrassantas.

  • Foto del escritor: Editorial Semana
    Editorial Semana
  • 23 abr
  • 3 min de lectura
Por: Lilliam Maldonado Cordero
Por: Lilliam Maldonado Cordero

“Ay de aquellos que llaman al mal bien, y al bien, mal. Que tienen las tinieblas por luz y a la luz por tinieblas”. Con esta sentencia, el profeta Isaías advirtió sobre las consecuencias espirituales de la inversión de los valores morales para justificar la depravación, la avaricia, el odio, la indiferencia y la impunidad. Y miles de años después de escrita esta profecía recobra pertinencia. Como sabemos, ciertos personajes históricos y actuales de la especie humana han demostrado tener la inagotable capacidad de manipular la verdad, creando narrativas que justifiquen, por ejemplo, las guerras, la precarización, el genocidio y el desplazamiento de etnias completas con el fin de capitalizar y monetizar bienes ajenos para unos pocos. Todo esto buscando validar las actuaciones de grandes intereses, cuyos planes distan mucho de lograr armonizar diferencias, demostrando un desinterés homicida contra la cultura de paz que debemos aspirar para todas las naciones.


En momentos como este, cuando se repite la historia de nuevos líderes mundiales que se aprovechan de su poder para atacar a los más vulnerables, es que se hace obligatorio sumar voces fuertes y determinadas para recabar los principios éticos y morales que nos diferencian de otras especies, como el respeto a la vida y garantizar un entorno social seguro, enmarcado en la protección de los derechos inalienables que tanto le han costado a la humanidad.


En medio de este caos que estamos atestiguando día a día se escuchan voces que, al riesgo de su propia seguridad y vida, realizan denuncias sobre la muerte de decenas de miles de inocentes y el desplazamiento sistemático motivado por la ambición humana y el mito irracional y pecaminoso de una supuesta superioridad étnica que va adquiriendo fuerza en varias partes del planeta frente a la enajenación inexplicable de muchos. 


Entre estas voces valientes resuena la del Papa León XIV, líder y pastor de la Iglesia Católica, que lejos de dejarse intimidar por la retórica del odio y la mentira de algunos, en un tono conciliador pero no menos incisivo, ha señalado la diferencia entre el verdadero Jesús y su propuesta de fraternidad, perdón, amor y desinterés por lo material, contra un Baal encarnado en los falsos profetas de esta era. Por si hemos olvidado la naturaleza de esa figura mítica milenaria llamada Baal, recordemos que es el arquetipo del odio y la perversidad, cuyo fin es robar a Dios de la adoración y fe de su pueblo. Baal es signo de la idolatría moderna, el materialismo, la avaricia y la ambición desenfrenada por el placer, el éxito y la subyugación inescrupulosa de los demás a favor de los propios intereses. Es el culto a la mezquindad.


Papa León XIV ha sido claro: no hay guerras santas, buenas ni justificadas. Su mensaje no es político, es apostólico. Ejerce su obligación de transmitir la misión de amor incondicional, de justicia y protección de los desposeídos, al grado de recordarnos lo que Jesús nos enseñó: la única forma de alcanzar la gracia salvadora y eterna es amando a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo. Esta regla de oro no es relativa, es determinante. Tenemos que estar dispuestos a vivirla y esperarla como testimonio de parte de nuestros líderes. Cualquiera que trate de normalizar la guerra o, peor, santificarla, no es vocero de Dios.

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