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Por quién batimoslos ramos.

  • Foto del escritor: Editorial Semana
    Editorial Semana
  • 26 mar
  • 3 Min. de lectura
Por: Lilliam Maldonado Cordero
Por: Lilliam Maldonado Cordero

Desde nuestra cada vez más frágil democracia, reconocemos el acceso a profesar libremente nuestra fe e ideología, incluso, el derecho a no ejercerlas. Pero, siendo parte de un país que, al menos de boca, confiesa la fe cristiana, estamos llamados a dedicar espacios para la reflexión y el testimonio de vida más allá de una semana anual, para encaminarnos a ser mejores personas. “Amarás al prójimo como a ti mismo” es una máxima que Jesús, el eje del cristianismo, profesó.


Estos días previos a la Semana Santa son una preparación para observar momentos determinantes para los cristianos. Algunos de los signos que deben llamarnos la atención están contenidos en enormes contrastes -celebraron a Jesús como rey para luego crucificarlo, y sin su muerte no habría paso a la resurrección y la vida eterna-. Estos eventos transformaron la historia y la vida de millones de personas a través de los siglos, influenciando nuestra fe.


Próximamente, los pueblos cristianos celebraremos el Domingo de Ramos, marcando el comienzo de la Semana Mayor y de la pasión de Cristo, que fue antecedida por una bienvenida, a la altura de un héroe, montado en un pollino vestido de ropas blancas y coronado, mientras se encontraba en Jerusalén para recordar la salida de los israelitas de la esclavitud de Egipto. Multitudes lo recibieron ese día batiendo ramos en reconocimiento de su potencial como libertador político. Durante tres años, el pueblo judío lo había visto convertir el agua en vino, sanar enfermos, echar demonios, multiplicar en miles cinco panes y dos peces para alimentar una multitud, resucitar a Lázaro y realizar proezas dignas de un adalid. A ellos, entonces, les era conveniente un Jesús revolucionario, con el poder de vencer al imperio que los tenía sometidos como una vez Egipto los mantuvo esclavizados. Jesús tenía que ser aquel que acabaría con la opresión de Roma: el mesías que devolvería a su pueblo su posición de reino independiente, un lugar que llevaban recabando milenios antes de Jesús y todavía siglos después, pero con los ojos puestos en baales, según dice la Palabra.


Muchos ven estos días como propios para el descanso y vacacionar, mientras otros los ven como un espacio para la reconciliación personal con Dios, caminando hacia la cruz junto a Jesús y, lo que debe ser más aleccionador, esperando su resurrección. Ya sea disfrutando con la familia de un descanso merecido o celebrando litúrgicamente estos días, saquemos un momento para reflexionar sobre la relevancia transformadora de su mensaje. Jesús, siendo Dios, se hizo hombre para transitar con nosotros las alegrías y los dolores de la vida. De nada nos sirve estar presente en cada evento religioso esta semana, si no vemos las señales de los tiempos ni estamos intercediendo por los que necesitan, dando testimonio de empatía. 


Sea frente a una playa o ante el altar, desde nuestro hogar o encumbrados en puestos de poder público con la capacidad de tomar decisiones que transformen nuestro país y el mundo para promover la pulcritud, la transparencia y la justicia, hagamos un alto. ¿Qué significado tiene Jesús para nosotros y la humanidad? Si nos limitamos a batir ramos aquí o allá mientras adoramos baales, sin reconocer el verdadero mensaje de aquel que tanto nos dio y enseñó, testimoniamos una fe baladí, sin amor, resurrección ni redención.

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