Que no se nos haga costumbre el dolor ajen


Hay noticias que nos estremecen y otras que, de tanto repetirse, parecen perder fuerza. Vemos familias desplazadas, comunidades enfrentadas, personas que pasan hambre y niños creciendo entre incertidumbres. Cerramos la pantalla y continuamos. Quizás necesitamos hacerlo para atender nuestras responsabilidades. Sin embargo, conviene preguntarnos qué ocurre cuando esa distancia se convierte en indiferencia.
En Puerto Rico también encontramos sufrimientos que no siempre ocupan titulares: una persona mayor que espera una llamada, una madre que enfrenta sola sus responsabilidades, un joven que necesita ser escuchado, una familia que guarda silencio para proteger su intimidad. A veces compartimos la misma calle, el mismo trabajo o la misma iglesia sin conocer las cargas de quienes caminan a nuestro lado.
No podemos atender todas las necesidades del mundo. Reconocer nuestros límites es necesario. Pero esos límites no deben convertirse en excusas para dejar de mirar. Existe alguna posibilidad de acompañar, orientar, compartir o escuchar. La solidaridad comienza cuando dejamos de considerar el dolor ajeno como un asunto que solamente corresponde resolver a otros.
También debemos examinar cómo reaccionamos ante las dificultades de los demás. Con demasiada facilidad opinamos sobre decisiones cuyas circunstancias desconocemos. Juzgamos a una familia, cuestionamos a un adolescente o reducimos una situación compleja a una frase hiriente. Antes de emitir sentencia, podríamos detenernos y preguntar: ¿qué desconozco de esta historia?, ¿qué ayuda necesita esta persona?, ¿mis palabras aportan algo?
Nuestros niños y jóvenes aprenden de esas respuestas. Observan cómo hablamos de quienes piensan diferente, cómo tratamos al empleado que comete un error y qué hacemos cuando alguien solicita ayuda. Podemos enseñarles valores mediante discursos, pero será nuestra conducta la que les mostrará cuánto creemos en la dignidad humana.
Por eso, educar en la sensibilidad exige oportunidades concretas. Invitemos a nuestros hijos a llamar a sus abuelos, agradecer un servicio, compartir con un compañero que está solo y colaborar en una iniciativa comunitaria. Expliquemos que ayudar requiere respeto: nadie debe sentirse exhibido, inferior o endeudado por recibir apoyo. La generosidad cuida también la intimidad.
Como ciudadanos, esa sensibilidad debe acompañarse de responsabilidad. Nos corresponde pedir respuestas a quienes toman decisiones, participar en los asuntos de nuestra comunidad y apoyar esfuerzos serios que atiendan necesidades reales. La compasión puede impulsar preguntas necesarias sobre las condiciones que permiten que tantas personas vivan sin seguridad, sin compañía o sin oportunidades.
Desde la fe, el prójimo tiene rostro, nombre e historia. Amar supone acercarnos, incluso cuando resulta incómodo o altera nuestros planes. La oración nos sostiene y puede abrirnos los ojos para reconocer dónde hacen falta nuestras manos. Hay ocasiones en que una visita, una compra compartida o una conversación atenta se convierten en respuesta para alguien.
Esta semana propongo un compromiso sencillo: identificar una necesidad cercana y realizar una acción posible. Sin fotografías obligatorias, sin esperar reconocimiento, sin posponerlo hasta tener más tiempo. Preguntemos a quién podemos aliviarle el día. Tal vez no podamos cambiar de las grandes noticias, pero sí la experiencia de una persona que necesita sentirse acompañada. Que el dolor ajeno conserve siempre la capacidad de conmovernos y movernos a servir. Una comunidad más humana empieza cuando alguien decide que el sufrimiento de otro también le importa.



