Que no se nosborre la historia


Hay cosas que no se aprenden en los libros. Se aprenden alrededor de una mesa, escuchando a los abuelos, visitando a un tío, caminando por las calles del pueblo, preparando una receta familiar o preguntando por qué en casa hacemos las cosas de determinada manera, así, casi sin darnos cuenta, aprendemos quiénes somos.
Cada generación tiene una responsabilidad que pocas veces aparece escrita: entregarle a la próxima la memoria que recibió de quienes llegaron antes. Nombres, historias, tradiciones, recetas, fotografías, lugares, palabras, música y celebraciones forman parte de un patrimonio que no deberíamos permitir que desaparezca.
Me preocupa pensar en niños y jóvenes que crecen desconectados de su propia historia. Que conocen lugares a miles de kilómetros, pero apenas han recorrido su país. Que identifican personajes de las redes sociales, pero desconocen quiénes fueron sus bisabuelos, de qué pueblo provenían o cómo vivieron sus familias. Jóvenes que quizás nunca han escuchado palabras propias de nuestra tierra, probado algunos de nuestros alimentos o participado de tradiciones que durante generaciones reunieron a nuestras comunidades. No se trata de vivir aferrados al pasado. Cada generación tiene derecho a construir su propia historia. Pero para saber hacia dónde vamos también necesitamos conocer de dónde venimos.
Por eso criar también significa contar historias. Llevar a nuestros niños a conocer el pueblo donde nacieron sus abuelos, mostrarles una fotografía antigua y explicar quién aparece en ella, enseñarles una receta, visitar un museo, caminar por el Viejo San Juan, conocer nuestras montañas, costas y campos. Es hablarles de nuestra música, nuestros artistas, deportistas y de aquellas personas sencillas que, sin aparecer en los libros, construyeron las familias y comunidades de las cuales formamos parte. También significa enseñarles a crear relaciones humanas.
Nuestros niños necesitan crecer rodeados de personas: abuelos, tíos, primos, vecinos, amigos, maestros y adultos significativos que amplíen su mundo. Necesitan conversar con personas mayores, escuchar experiencias diferentes y comprender que la vida no ocurre solamente dentro de una pantalla. Antes, aprendíamos muchísimo escuchando las conversaciones de los adultos. Allí conocíamos historias familiares, descubríamos quién era pariente de quién, escuchábamos refranes, expresiones y acontecimientos del país. Sin saberlo, recibíamos extraordinarias lecciones de historia oral.
Hoy tenemos acceso inmediato a una cantidad inmensa de información, pero existe una diferencia importante: la información se busca; la memoria se transmite. Cuando dejamos de contar nuestras historias, alguien deja de conocerlas. Cuando abandonamos nuestras tradiciones, eventualmente desaparecen. Y cuando una generación no recibe aquello que perteneció a la anterior, se rompe un eslabón difícil de reconstruir. Esto trasciende a la familia. Un pueblo también puede olvidar.
Una comunidad que deja de transmitir sus costumbres, lenguaje, historias y celebraciones comienza lentamente a perder su identidad. Y un país que permite que sus niños crezcan desconectados de su historia corre el riesgo de tener generaciones que saben dónde viven, pero no necesariamente a qué pertenecen.
Contemos las historias. Saquemos las fotografías. Visitemos a los abuelos. Regresemos al pueblo. Preparemos aquella receta. Recorramos nuestro país y permitamos a nuestros hijos crear recuerdos con quienes forman parte de nuestra historia. Porque la patria no solamente se estudia. La patria también se escucha, se prueba, se recorre, se comparte, se recuerda y se ama. Y quizás una de las mejores herencias que podemos dejarles sea que, cuando algún día les pregunten de dónde vienen, tengan muchas historias que contar.




Comentarios