Rememorando el espacio cagüeño (Conclusión


Al ya adentrarnos al corazón de los entendidos socioculturales, psicoemocionales y, sobre todo, históricos de los espacios, encontramos que estos, más allá de representar un vivo sentimiento de pertenencia, son un ecosistema de reapropiación identitaria. Tales efectos, evidentemente nos lo ha mostrado a lo largo de los años yacimientos arqueológicos, arquitecturas emblemáticas, organizaciones de todo tipo, centros de congregación, entre otros. Quiérase decir, que en lo que concierne a la rememoración histórica, se entrelazan los de modos de producción y construcción social a los que grupos de interés o afines en común aúnan esfuerzos, para impulsar su simbólica representación ante la sociedad.
En el particular caso del casco urbano cagüeño y sus icónicos espacios, se sitúa la llamada esquina caliente. Según nos señala la historia oral como herramienta auxiliar histórica y fuente vital para la reconstrucción de realidades olvidadas, dicho entorno fue uno rescatado por los jóvenes, hecho que hasta al sol de hoy ha pasado de generación tras generación. Este hábitat, mejor conocido por su gente como la esquina de los flanes, prácticamente es un lugar de compartimiento y apareamiento. Tanto es así, que, si seguimos los múltiples relatos recopilados tras entrevistas, hallamos que, ese punto de convergencia servía para explorar posibilidades de todo tipo de índoles. Ahora, ese espacio interconecta las calles Betances, Corchado y Parroquia Dulce Nombre de Jesús para realizar sus juntes frente al Antiguo Teatro Alcázar ya hace más de 86 años según nos dicen nuestros canales informativos.
Lo característico de este colectivo y otros que hemos ido mencionando durante la marcha social e histórica, es que, reluce avivadamente el sentimiento de arraigo criollo. También, es importante mencionar, que esas fiestas, actividades, intercambios, etc. evocan un digno y esperanzador sentimentalismo que rebasa los límites ideológicos, religiosos, étnicos y económicos. Es decir, que el valor incalculable que contiene el propio sentido de pertenencia, aquí trasciende, revoloteando no solo a los factores psicoemocionales de lo que pueda significar el ser criollo, sino también culturales, dado a cómo se resignifican las cosas.
Si seguimos el hilo conductor, sobre cómo continúan produciéndose festines dentro del casco urbano, resulta más que fundamental lo que nos señala el fenecido historiador cagüeño Juan David Hernández (2014) de traer a colación las colaboraciones de ciertas figuras reconocidas de la ciudad. Algunas de estas son: José Manuel Díaz, el Chapulín, la familia Baerga, Don Ángel Díaz Nieves, entre otras. Cada una de estas personas ha hecho viable no solo conmemorar lo que sigue siendo la vibrante y proactiva “Esquina Caliente”, sino también, el de mantener radiante la briosa esencia histórico- cultural de ese espacio. Ha sido el ejercicio nuevamente la rememoración el que específicamente rehabilita la construcción de microrrelatos para crear realidades alternas.
Así que, hablar de la memoria de los pueblos, a su vez es forjar un sólido lazo con la praxis de la inter- comunicación. Eso requiere del uso de la palabra como medio tributario de la retoma de nuestras raíces, para construir nuevas narrativas y posibilidades de ser. Es en ese sentido, que al momento de hablar acerca de los distintivos espacios históricos que todavía hoy circulan, tanto a nivel interno como externo en la psicología social de los cagüeños, necesitamos siempre partir de la huella contextual/geoespacial. De esa manera rescatamos cualquier dato, espacio, vivencia, práctica social y microhistoria que se haya desvanecido.
Por tal razón, la pieza integral que hará posible lo imposible será el infravalorado ejercicio práctico de la rememoración, porque esta da vida a lo invisibilizado u olvidado.



