Rememorando el espacio cagüeño (parte I)


La presente columna trabaja una temática sumamente peculiar, dado que antes de partir hacia otro plano inmaterial nuestro irremplazable y querido “Juanda”, iba a publicar un escrito parecido el cual tituló “Esquina caliente en sus 25 años”. Sin embargo, al rescatar dicho narrativo, opté por trazarle una serie de matices que no solo ayudarán ahondar la apreciación de muchos que siguen leyendo el periódico, sino también para ofrecerles una meritoria justicia, que es el ejercicio del “rememorar es vivir”.
Cuando se habla del espacio, siempre es necesario repensarse e imaginarse, que el entorno social e histórico integra a lo cultural, cuyo concepto a nivel macrosocial lo entrelaza todo. Es en ese sentido, que a lo que nos basamos acerca de la rememoración del espacio, son los múltiples contextos y/o lugares que tendemos a recurrir para congregarnos, esparcirnos, despejarnos, y así consecutivamente.
Desde tiempos inmemorables, la naturaleza humana, inherentemente exploraba las distintas posibilidades habidas y por haber, para conseguir un digno ecosistema no solo para reconfortarse, sino también, contemplar apaciguadamente. De ahí es que prácticamente acontecen los diversos desarrollos de grupos de interés cuyo objetivo es impulsar un espacio de encuentro. Aunque los entornos sociales son a su vez construcciones imaginarias, simbólicas y reales para las masas, resultan ser en la mayoría de los casos, centros de recuperación del sentimiento de arraigo. Así que, bajo ese vaivén de observar y hallar un razonable hábitat en el que se pueda intercambiar afinidades, objetivos, cosas de interés, entre otros, la historia, creámoslo o no, avanza vía ondas alternas.
En lo que respecta al caso histórico- cultural cagüeño, desde lo mencionado por el fenecido historiador Juan David Hernández como escuchando bajo el ejercicio de la historia oral, descubrimos, que dentro del casco urbano coexisten una serie de inenarrables datos. Y qué perfecto escenario para resaltar con creces esa vibrante experiencia, que la del espacio del “Palito de Caguas” de la propia Universidad de Puerto Rico. Según relataba mi padre y otras personas, ese lugar aún al sol de hoy, nadie sabe cómo surgió y quién fue el primerizo que lo nombró de esa manera. Eso sí, lo que conocemos es que ha sido tan icónico ese espacio, que evidentemente, hasta carros públicos llevan a los estudiantes hasta tal destino. De hecho, señalan personas de esa historia oral, que más tarde este se convirtió en uno de reunión para jóvenes.
Adentrándonos un poquito más a la microhistoria cagüeña desde el trabajo etnográfico o de campo, notamos que dichos relatos se han intentado ocultar sobre el lienzo no tradicionalista acerca de lo que es nuestra identidad cultural. Tales hechos nuevamente gravitan sobre la emblemática y flamante Plaza Santiago Palmer la cual prosigue siendo por más de medio siglo e inclusive más, el centro de frecuentación y encuentros de muchos grupos de interés. De los sinfines de grupos que se han dado cita allí como los que continúan convergiendo en esos espacios, uno que llamaba mucho la atención a mi padre lo era el colectivo “La Esquina Caliente”.
Se dice que estos se juntaban entre la calle Corchado y calle Betances para reunirse justamente al frente de la Parroquia Dulce Nombre de Jesús desde hace ya más de 85 años. Quiérase decir, que la Esquina Caliente o mejor conocida en la calle como Esquina de Los Flanes era más bien, un espacio selecto entre jóvenes del casco urbano. Su propósito más allá de todo, fue uno de reapropiación, porque el mismo estuvo dominado por el desarrollismo o aparato económico… Continuará



