top of page

Vivimos para contarlo.

  • Foto del escritor: Editorial Semana
    Editorial Semana
  • 14 may
  • 3 min de lectura
Por: Lilliam Maldonado Cordero
Por: Lilliam Maldonado Cordero

Los sobrevivientes de las generaciones de Boomers y parte de los GenXers somos eso mismo: sobrevivientes. Pero llevamos esas vivencias como un badge of honor aunque los más jóvenes nos buleen. 


Para las generaciones más recientes, nuestras experiencias durante el desarrollo psicosocial podrán sonar exageradas o ficcionalizadas. Pero, exceptuando a contados especímenes de nuestras generaciones BoomExers, así nos criamos.


Por ejemplo, no ponerse vacunas no era opción. Llegado el día, íbamos a los centros de vacunación como reses y hacíamos largas filas, donde nos esperaban enfermeras con unas pistolas que nos “disparaban” la vacuna en el brazo a quemarropa. A medida que nos acercábamos al cadalso aumentaba nuestra adrenalina. No sé si a la pistoleta o al brazo les untaban alcohol antes de vacunarnos, una medida sanitaria compulsoria hoy día. El asunto es que todos llegábamos con los ojos desorbitados, en mi caso en absoluto silencio, hasta sentir aquel cantazo que aguantaba sin chistar. De ahí, para la casa o la escuela. No recuerdo si le advirtieron a mi madre que me daría fiebre, ni si me dio. Solo sé que al otro día “había escuela”. A los días, se hacía una costra en el lugar de la administración que se “caía sola”, dejando a muchos una cicatriz para toda la vida. 


Nuestras generaciones también crecimos como llaman ahora “orgánicamente”, que no es otra cosa que silvestres. En mi caso, cuando llegaba de la escuela me servía un plato de Corn Flakes con leche entera (no había leche desnatada, deslactosada, saborizada, de cabra, avena ni almendras) y, con el uniforme todavía puesto, me sentaba en el piso para hacer las asignaciones frente al televisor viendo “Los muñequitos” con Pacheco, un personaje tipo abuelo de mediana edad súper amable vestido muy formalmente, que recibía en el programa a niños y mostraba dibujos que le enviaban por correo, entre caricaturas como Los Picapiedras y Los Jetsons. Al terminar las tareas, me quitaba el uniforme y salía a jugar con un reguerete de muchachos de mi edad. No había supervisión de adultos, pues los padres y muchas madres trabajaban fuera, y a muchos nos cuidaban los abuelos. Las instrucciones eran sentencias: “si hay pelea, te regresas”, “que no me entere que estuviste en casa ajena”, “cuando el sol baje te quiero aquí”, y “no corras ni te caigas” (yeah, right). Sobre caernos, lo evitábamos por miedo a la cura con alcoholado, mercurio cromo o tintura violeta. Al regreso, nos bañábamos con agua fría (los calentadores en esos tiempos eran un lujo), nos poníamos un ropón, cenábamos, nos lavábamos la cara y la boca, y a la cama bajo el mosquitero, embadurnados en Alcoholado Eucaliptino 70 para que “no te piquen los mosquitos”.


Eso de ir continuamente a médicos y hospitales era cosa rara. Nos mantenían a fuerza del infame aceite de hígado de bacalao y suplementos como Vino, Carne y Hierro, que sabía a eso mismo. Al menor signo de malestar, los abuelos nos embadurnaban con Vicks (costumbre que aún aquilatamos) y alcoholado. Si la cosa se veía complicada, nos daban Breacol con Prilón, nos ponían unto de alcanfor caliente en el pecho, la espalda y la planta de los pies, y nos vestían con doble ropón y medias. La noche la pasábamos sudando fiebre y botando mocos, pero en la mañana amanecíamos como si nada, programados para repetir otro día. 


Qué tiempos… qué recuerdos… y vivimos para contarlo.

Comentarios


bottom of page