Cuando la violencia grita lo que no supimos escuchar
- Editorial Semana

- hace 4 días
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Por: Myrna L. Carrión Parrilla
Hay noticias que no solo duelen: sacuden. La muerte de un niño a manos de su propio padre —de una forma tan cruel como incomprensible, no es únicamente un crimen que debe indignarnos y exigir justicia; es también un grito social que nos obliga a mirar más profundo. No basta con preguntarnos qué pasó. La pregunta incómoda, pero urgente, es qué no vimos, qué no atendimos, qué dejamos pasar.
La violencia no surge de la nada. No aparece de un día para otro como un rayo inesperado. Se gesta en silencios prolongados, en emociones no atendidas, en egos heridos, en la incapacidad de gestionar el rechazo, la frustración y la pérdida. Como sociedad, hemos normalizado vivir preocupados por todo, pero ocupados de poco. Y la salud mental sigue estando peligrosamente en la lista de lo postergable.
Nos alarma el desenlace, con razón, pero rara vez ponemos la misma energía en prevenir el camino que lleva hasta ahí. Vemos hombres que no logran aceptar el final de una relación y reaccionan desde el descontrol, la posesión y la ira. Vemos mujeres que, muchas veces por amor, costumbre o confianza excesiva, minimizan señales de alerta. Y vemos un sistema que llega tarde, cuando el daño ya es irreversible.
Hablar de salud mental no es un lujo ni una moda. Es una necesidad urgente. Es entender que pedir ayuda no es debilidad, sino responsabilidad. Que aprender a gestionar las emociones debería ser tan importante como aprender a leer y escribir. Que nadie debería enfrentar una ruptura, una crisis o un conflicto interno profundo en soledad, especialmente cuando hay antecedentes de violencia o conductas obsesivas.
La violencia en todas sus facetas, física, psicológica, emocional, es un problema que nos debe ocupar de manera colectiva. No es un asunto privado que se resuelve puertas adentro, ni un tema exclusivo de quienes “pierden el control”. Es un reflejo de carencias sociales, educativas y emocionales que arrastramos desde hace generaciones. Crecimos escuchando que los hombres no lloran, que sentir es sinónimo de debilidad, que el amor duele, que los celos son prueba de interés. Y hoy pagamos el precio de esas narrativas.
También es momento de revisar nuestra propia mirada. ¿Cuántas veces justificamos actitudes agresivas con frases como “así es él”, “está pasando por un mal momento” o “seguro va a cambiar”? ¿Cuántas veces miramos hacia otro lado porque no es nuestro problema? La indiferencia también es una forma de violencia.
Mover corazones implica dejar de reaccionar solo desde la indignación momentánea y empezar a construir alternativas reales: educación emocional desde la infancia, acceso a atención psicológica digna y oportuna, redes de apoyo comunitarias, campañas que desnormalicen el control y la agresión, y una justicia que actúe de forma preventiva, no solo punitiva.
Cuidar la salud mental es cuidar la vida. Es proteger a quienes no tienen voz, como los niños. Es ofrecer salidas antes de que el dolor se transforme en tragedia. No podemos evitar todos los actos violentos, pero sí podemos reducirlos si dejamos de preocuparnos únicamente por las consecuencias y empezamos a ocuparnos, de verdad, de las causas.
Este es un tema sobre el que no me canso de reflexionar y compartirlo con ustedes, porque cada historia que termina en violencia nos recuerda que fallamos antes. Y porque como sociedad, aún estamos a tiempo de hacerlo mejor. En un país de tanto talento, tanta alegría, tanta bondad y calor humano, estoy segura que podemos hacerlo mejor, y juntos podremos erradicar este mal que cada día nos sorprende más.






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