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People of the Lie

  • Foto del escritor: Editorial Semana
    Editorial Semana
  • hace 6 días
  • 3 Min. de lectura

Por: Lilliam Maldonado Cordero


Siendo psiquiatra, científico y cristiano, el doctor M. Scott Peck, autor del libro People of the Lie, exploraba ángulos interesantes sobre la perversidad humana y la necesidad de analizarla científicamente. Basado en su experiencia médica con pacientes con trastornos de la personalidad narcisista y antisocial, Peck problematizaba en su libro que, para entender la malignidad -ese lado oscuro de algunos miembros de la comunidad humana-, es necesario hacerlo a través del análisis racional, estudiándola no únicamente desde lo abstracto o filosófico, sino científicamente.


Los críticos de las religiones entienden razonable menoscabar a Dios, al cristianismo y las otras visiones de conciencia religiosa porque, entre otras cosas, prometen amor y justicia social, pero parecen enajenadas del sufrimiento humano, culpando la maldad buscando absolverla sin consecuencias. Las tragedias, inequidades e injusticias, tanto de la historia -las cruzadas, la inquisición, la ablación genital femenina, el apedreamiento de mujeres y el rechazo a respetar otras espiritualidades-, así como de los hechos que se están desenvolviendo en tiempo real -la ejecución de personas inocentes en muchos países, incluyendo más recientemente a estadounidenses-, están enraizadas en esa perversidad humana que, muchas veces, son validadas por el fundamentalismo, las inequidades, y prejuicios como la xenofobia y la misoginia, entre otros, que terminan generando odio y justificando la vileza.


Por esto, argüía Peck, es importante analizar la maldad empíricamente. Sabemos que, históricamente, las religiones se han enfocado en catalogar el mal. Es, quizás, por esto -reflexionaba el doctor Peck- que el concepto de maldad o perversidad estuviese virtualmente excluido del estudio formal de la ciencia, específicamente la psicología y la psiquiatría. Es como si las religiones se hubieran abrogado como deber exclusivo el pasar juicio sobre la conducta humana y la moralidad.


De esta forma, orgánica o arbitrariamente, o por modelos y definiciones, se han contrapuesto lo “natural” de lo “sobrenatural”, la ciencia de la conciencia, haciéndose mutuamente incompatibles, como la propiedad de los líquidos inmiscibles, como el agua y el aceite. Mientras la religión decretó, por un lado, que el “mundo natural” es un campo ocupado exclusivamente por la ciencia, la ciencia optó por mantener sus narices fuera de los valores, la moral y la conducta socialmente aceptable, y en esta ausencia de valoración científica y ánimo de resolver los más importantes problemas de la humanidad generados por la maldad, se ha convoyado la justicia.


La propuesta del doctor Peck fue profunda e interesante, invitando a ampliar el estudio de la conducta humana en un maridaje necesario entre la ciencia y la espiritualidad, especialmente de aquellas conductas antisociales, desviadas e intrínsecamente malvadas. Al menos, ya existe metodología para estudiar cambios estructurales y funcionales del encéfalo de los psicópatas. Estos avances podrían dar alguna explicación holística de lo que ha pasado y está pasando en el mundo, y de sus protagonistas.


Finalmente, según Peck, Jesús sentó las bases para que, antes de pasar juicio sobre la moralidad ajena, primero hay que ser moral. No dijo, “no juzgues”, sino “saca la viga de tu ojo antes de criticar la paja del hermano”, para ver con mayor claridad la injusticia desde la probidad. Es decir, se puede juzgar, pero antes de hacerlo, es preciso poseer el carácter para hacerlo informadamente, con sabiduría y agallas, “separando la paja del grano”. Ante esta disyuntiva, en ocasiones y de forma rogada, entra la Justicia, pero cada vez de forma más soslayada, a cumplir un rol social.

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