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La paz como verbo

  • Foto del escritor: Editorial Semana
    Editorial Semana
  • hace 1 día
  • 3 Min. de lectura

Por: Lilliam Maldonado Cordero


La paz no se limita a la cesación de conflictos armados entre países o la ausencia de guerra al interior de estos. La paz es, también, promover justicia, respeto, equidad, y las libertades y los derechos humanos -los nuestros y de los demás-. Es buscar la resolución de enfrentamientos mediante la cooperación y la discusión de disputas de forma pacífica y racional. Más importante aún, es perseguir la erradicación de la pobreza, el hambre, el genocidio, y denunciar y combatir las políticas públicas injerencistas y de explotación, y de la actitud avasalladora para dominar a los más indefensos e inocentes para aprovecharse, por ambición o avaricia, queriendo controlar al otro o poseer más. No es necesario entrar en mucho detalle para intuir que, en esto último, estamos en una coyuntura que amenaza la paz y la estabilidad del planeta.


Existen innumerables definiciones conceptuales de la paz. Algunas son, la “paz negativa” (no significa mala), como la ausencia de violencia directa, es decir, las guerras o el terrorismo; la “paz positiva”, cuando en una sociedad ya existen condiciones que propenden a la prosperidad, justicia, equidad y el respeto de los derechos humanos, o el terreno ideal para que todos sus componentes tengan oportunidad de progresar; y, la “paz imperfecta”, como el proceso de construcción continuo y permanente para la regulación de La Paz, en mayúsculas. También, se definen la paz individual, como ausencia de remordimientos y la prevalencia de la serenidad interior; la paz social, cuando rige la convivencia respetuosa con el cumplimiento de las normas sociales acordadas por todos, sin enfrentamientos; y la paz religiosa o filosófica, integrando propuestas de bienestar y equilibrio espiritual por conciencia.


Aunque nos la vendan como tal, la paz no es un eslogan bonito de campaña publicitaria para apaciguar conciencias ni una respuesta sagaz a una pregunta anticipada. Tampoco es una palabra conveniente para algunos, guardando las apariencias cuando institucionalmente se fracasa al no darla como testimonio en la comunidad donde habitamos o trabajamos. La paz tampoco es guardar silencio ante la injusticia, la persecución, la difamación y la calumnia. Eso no es paz, eso es complicidad. Es entonces cuando la paz se alcanza en la denuncia para condenar la patraña y el abuso. En efecto, en más de una ocasión a través de la historia y el mismo cristianismo, la paz ha requerido desafiar al demonio de la injusticia, el hambre, la pobreza y la guerra, para derrotarlo. Buscar y alcanzar la paz, ya sea desde un podio, una torre de vigilancia o la esquina inconspicua que nos haya tocado vivir, es una responsabilidad y un deber socialmente compartido. Más que sustantivo, la paz es acción, verbo.


Estamos en un año nuevo 2026 que todavía huele al plástico del empaque con el que nos lo han regalado, y los acontecimientos nos empujan a preguntarnos qué nos toca hacer para aportar a esa paz que se ha vuelto cada vez más elusiva y frágil.


El teólogo Karl P. Reinhold Niebuhr acuñó una frase atribuida a San Francisco de Asís por su universalidad. Sea cual sea su origen, es una invitación a hurgar en nuestro interior cuál es nuestra responsabilidad ante los eventos que se nos presenten. Esta es: “Que Dios nos conceda la serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar, valor para cambiar las que puedo… y sabiduría para reconocer la diferencia”. Que así sea.

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