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Una sociedad incompleta

  • Foto del escritor: Editorial Semana
    Editorial Semana
  • hace 8 horas
  • 3 Min. de lectura

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Por: Lilliam Maldonado Cordero


Me considero una persona corriente. No soy muy diferente a los demás. Tengo defectos. Si me dan un corte de pastelillo en la carretera puede que deje caer algún adjetivo proscrito. De vez en cuando como lechón o bistec a pesar de “los daños que hacen”. A veces me tomo una “bebida energizada”. Lucho a diario para que el Señor me inspire a “perdonar a los que nos ofenden”. Deseo que Dios le adelante el juicio final a ciertas figuras con poder que mantienen en angustia y al vilo de la muerte a generaciones enteras de inocentes… En fin, soy otra imperfecta sobre la faz de esta tierra.


Habiendo establecido mi frágil humanidad y sin otra pretensión, les comparto. Los otros días, mientras salía de una mega tienda (otro defecto) voy empujando mi carrito de la compra. Justo al lado de mi vehículo, de entre cientos, había una perrita notablemente deteriorada, sofocada, hambrienta e, indudablemente, recién parida. “¿Por qué me haces estas cosas, Señor?”, pensé, a pesar de que me enseñaron que a Dios no se le pregunta. Apúntenme otro defecto. Ella me miraba con sus ojos tristes y llorosos, jadeando por todas las plagas que pueden sacudir cualquier vida: el hambre, la sed, la inseguridad, y un calor sofocante...


Tomé uno de los platos que había acabado de comprar. Le eché agua y, como esta vez no había comprado comida para los tres satos que mandan en casa, abrí una bolsa de tocinetitas. La perrita, que también estaba coja, se levantó con dificultas para comerlas todas. Volví a servirle. Lo volvió a hacer. Un señor que llegaba a guardar su compra me vio y se me acercó. Me dijo que él también rescataba perritos: que tenía 4, que llegó a tener 6, pero que no podía llevarse la perrita porque vivía fuera de la Isla Grande. Empatizamos. Me ofreció una lata de comida de sus perros y más agua. Las buscó, abrió la lata y la serví a la perrita. Él me dijo lo que yo sabía: que estaba recién parida y que no iba a dejar desamparados a sus cachorros. El señor-ángel, que se identificó como míster Silva, se despidió porque tenía que marcharse. Pero, yo tenía el plan: había llamado a mi esposo para que recogiera mi carro con la compra, me dejara el suyo, trajera una manta y agua, y llamé al veterinario a decirle que iba con una perrita en mal estado para que la atendiera.


La perrita comía con desesperación aquel banquete. Ambas, bajo el sol, nos mirábamos. Cada vez que trataba de tocarla se alejaba, así que solo decidí hablarle. Una vez terminó de comer se incorporó, me miró, me ladró una sola vez (“¿Gracias?”), y corrió con seguridad olvidando su pata coja. La seguí inútilmente, porque se escabulló entre los carros con agilidad para desaparecer.


Volví a mi carro. Di vueltas por el estacionamiento. No la vi más. Supe que iba a reencontrarse con sus cachorritos, a los que jamás dejaría solos morir de hambre, y por los que daría la última gota de leche y vida para entregárselos a este mundo más incierto que hospitalario. Lloré mientras pensaba, qué será de ella, de sus perritos, de los pobres de la tierra víctimas del prejuicio y la indiferencia, y pregunté qué nos falta para ser una sociedad más completa. Dios debió enfuncharse conmigo porque seguí haciéndole preguntas. Pero, igual que ha hecho otras veces, me ha perdonado.

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