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Venezuela, y sólo Venezuela, debe construir su paz

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    Editorial Semana
  • hace 2 días
  • 2 Min. de lectura

Por: José “Conny” Varela


La reciente intervención militar de Estados Unidos en Venezuela ha provocado una ola de reacciones en Puerto Rico, muchas de ellas marcadas por una sorprendente ligereza ante la gravedad del momento. Entre las más llamativas se encuentran las expresiones de celebración provenientes de la administración de la gobernadora Jenniffer González, que saludó la acción militar como si se tratara de un triunfo democrático y no de un episodio que profundiza la inestabilidad regional. Ese entusiasmo oficial contrasta con la preocupación que diversos sectores —académicos, humanitarios y diplomáticos— han manifestado ante el riesgo de que la fuerza sustituya, una vez más, la voluntad de los pueblos.


La historia latinoamericana está llena de intervenciones externas que, lejos de resolver conflictos internos, los han prolongado o agravado. Por eso resulta tan problemático que desde el gobierno puertorriqueño se aplauda una operación militar sin detenerse a considerar sus implicaciones éticas, geopolíticas y humanas. Celebrar la caída de un gobierno mediante la fuerza extranjera es ignorar que la soberanía no es un premio que se otorga desde afuera, sino un derecho que se ejerce desde adentro. Y en el caso venezolano, ese derecho pertenece exclusivamente a su pueblo.


Es importante aclarar que considero a Nicolás Maduro un tirano. Defraudó al pueblo venezolano y sustentó condiciones de inestabilidad en el hemisferio. Se aferró al poder y manipuló el proceso eleccionario en su país con completo menosprecio de los principios democráticos básicos. Sin embargo, lo que el pueblo venezolano enfrenta hoy con una ocupación norteamericana va más allá de los abusos o los delitos que haya podido cometer Nicolás Maduro.


En momentos como este, conviene recordar que la paz no se impone con misiles ni se decreta desde Washington. La paz se construye desde la sociedad venezolana, con sus contradicciones, sus aspiraciones y su capacidad —que nadie debe subestimar— de imaginar un futuro distinto. El rol de la comunidad internacional debería ser acompañar, no dirigir; apoyar, no sustituir; facilitar, no imponer. Cuando un gobierno local celebra una intervención militar, envía el mensaje de que la autodeterminación es negociable, siempre y cuando el resultado coincida con sus preferencias políticas.


Puerto Rico, con su propia historia de tensiones políticas, debería ser particularmente sensible a estos matices. Resulta paradójico que desde una administración que insiste en hablar de dignidad política se aplauda la negación de esa misma dignidad para otro pueblo latinoamericano. La democracia no se fortalece con intervenciones militares, sino con procesos participativos, instituciones sólidas y respeto a la voluntad popular.


Hoy más que nunca, Venezuela necesita espacio para reconstruir su tejido social y político sin presiones externas que distorsionen su rumbo. Les corresponde a los venezolanos decidir qué tipo de gobierno desean, cómo lo quieren alcanzar y bajo qué principios desean reorganizar su país. La comunidad internacional puede observar, apoyar y mediar, pero no celebrar intervenciones que, por definición, les arrebatan poder a quienes más lo necesitan: los propios venezolanos.


El autor es representante por Caguas

en la Cámara de Representantes

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